El colocolo

mayo 28, 2012
(de Manuel Rojas)
Negra y fría era la noche en torno y encima del rancho de José Maria Pincheira, uno de los últimos del fundo Los Perales. Eran ya más de las nueve y hacía rato que el silencio, montado en su macho negro, dominaba los caminos que dormían vigilados por los esbeltos álamos y los copudos boldos. Los queltehues gritaban, de rato en rato, anunciando lluvia, y algún guairao perdido dejaba caer, mientras volaba, su graznido estridente.
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Grisú

febrero 12, 2012
(de Baldomero Lillo)

En el pique se había paralizado el movimiento. Los tumbadores fumaban silenciosamente entre las hileras de vagonetas vacías, y el capataz mayor de la mina, un hombrecillo flaco cuyo rostro rapado, de pómulos salientes, revelaba firmeza y astucia, aguardaba de pie con su linterna encendida junto al ascensor inmóvil. En lo alto el sol resplandecía en un cielo sin nubes y una brisa ligera que soplaba de la costa traía en sus ondas invisibles las salobres emanaciones del océano.

De improviso el ingeniero apareció en la puerta de entrada y se adelantó haciendo resonar bajo sus pies las metálicas planchas de la plataforma. Vestía un traje impermeable y llevaba en la diestra una linterna. Sin dignarse contestar el tímido saludo del capataz, penetró en la jaula seguido por su subordinado, y un segundo después desaparecían calladamente en la oscura sima.

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Estanvito

julio 28, 2011

 (de Pía Barros)

A Estanvito se le juntan los dedos de los pies, mejor dicho se le pegan y cuando se saca las botas utiliza un cuchillo para despegarlos. Cuidadoso, separa el pulgar del índice y así sucesivamente, raspando los residuos blancos que a su vez se cuelgan al cuchillo que él limpia con la uña para después oler o lamérsela. Estanvito piensa que total es transpiración de su cuerpo, un poco sólida, pero suya, eso sí.

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Todo el campo se llamaba Raúl

julio 7, 2011

(de Teresa Calderón)

Mi estreno en el amor se llamó Raúl. Tenía el pelo negro y la piel morena. Era el verano del 65 y yo andaba circulando por los diez años. A mi mamá se le ocurrió que viajáramos desde Santiago con mis hermanas a Salamanca, el fundo de la abuela Benicia.

Raúl vivía en Illapel, pero la costumbre era reunirse en los veranos en Salamanca con la abuela y andar por el campo, dejarse arrastrar por sus olores y mirar de cerca a los animales. La libertad absoluta. Raúl tenía los ojos verdes y alargado como un gato. Subíamos a los árboles. Yo era una experta. Lo había practicado por años en mi cerezo del huerto de provincia. Raúl admiraba mi destreza y opinaba que ninguna mujer había logrado subir con él a ese boldo, y me lo indicó en la lejanía.

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El Chiflón del Diablo, de Baldomero Lillo

marzo 29, 2011

En una sala baja y estrecha, el capataz de turno sentado en su mesa de trabajo y teniendo delante de sí un gran registro abierto, vigilaba la bajada de los obreros en aquella fría mañana de invierno. Por el hueco de la puerta se veía el ascensor aguardando su carga humana que, una vez completa, desaparecía con él, callada y rápida, por la húmeda abertura del pique.

Los mineros llegaban en pequeños grupos, y mientras descolgaban de los ganchos adheridos a las paredes sus lámparas, ya encendidas, el escribiente fijaba en ellos una ojeada penetrante, trazando con el lápiz una corta raya al margen de cada nombre. De pronto, dirigiéndose a dos trabajadores que iban presurosos hacia la puerta de salida los detuvo con un ademán, diciéndoles:

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Las sorprendentes memorias de Baltazar, de Claudio Orrego Vicuña

diciembre 17, 2008

Orrego.jpgAcabo de adquirir en una suerte de remate de existencias de la Ediorial Los Andes un pequeño libro de apariencia amable y cuyo autor es uno de los intelectuales más destacados de mediados del siglo XX. Se trata de Las sorprendentes memorias de Baltazar, de Claudio Orrego Vicuña, quien fuera filósofo, sociólogo, político, docente, periodista de opinión y escritor. Hombre de gran simpatía y humor, gran capacidad intelectual y, como buen demócratacristiano, creyente convencido de su fe.

El libro que hoy comento y que debido a sus breves 76 páginas no me duró más de dos horas, tiene como protagonista a Baltazar, un oso que en su adolescencia fue capturado en el Polo Antártico y desarraigado para siempre de su patria y familia, pues fue llevado al zoológico donde él se considera un prisionero.

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Aquello que jamás puede morir

noviembre 15, 2008

(de Clarissa Pinkola Estés)

Érase una vez hace mucho, mucho tiempo, en la época en que los benditos animales aún podían hablar y los seres humanos aún podían comprender el lenguaje de los animales, un joven abeto que, a pesar de su escasa altura, tenía un espíritu grande.
Vivía en lo más profundo del bosque rodeado por árboles mucho más altos, mucho más majestuosos y mucho más viejos que ninguno de los que hasta entonces se hubiera conocido.
Todos los inviernos, los padres, las madres y los hijos se adentraban en lo más profundo del bosque en viejos trineos de madera. Con gran alegría y regocijo cortaban varios árboles de tamaño mediano y se los llevaban. Los venerables caballos que tiraban de los trineos resoplaban y los cascabeles de sus guarniciones tintineaban. Las risas de los niños y de sus mayores resonaban por todo el bosque.
Sí, el pequeño abeto había oído decir en susurros a los árboles más viejos, a aquellos que eran demasiado altos y demasiado grandes para que los cortaran con el hacha y se los llevaran…pues sí, había oído decir que los árboles que talaban los llevaban a un lugar maravilloso, un lugar que llamaban hogar.
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El Chilote Otey

julio 11, 2008

(de Francisco Coloane)
Alrededor de novecientos hombres se reunieron a deliberar en la Meseta de la Turba; eran los que quedaban en pie, de los cinco mil que tomaron parte en el levantamiento obrero del territorio de Santa Cruz, en la Patagonia.
Dejaron ocultos sus caballos en una depresión del faldeo y se encaminaron hacia el centro de la altiplanicie, que se elevaba como una isla solitaria en medio de un mar estático, llano y gris. La altura de sus cantiles, de unos trescientos metros, permitía dominar toda la dilatada pampa de su derredor, y, sobre todo, las casas de la estancia, una bandada de techos rojos, posada a unos cinco kilómetros de distancia hacia el sur. En cambio, ningún ojo humano habría podido descubrir la reunión de los novecientos hombres sobre aquella superficie cubierta de extensos turbales matizados con pequeños claros de pasto coirón. En lontananza, por el oeste, sólo se divisaban las lejanas cordilleras azules de los Andes Patagónicos, único accidente que interrumpía los horizontes de aquella inmensidad.
Los novecientos hombres avanzaron hasta el centro del turbal y se sentaron sobre los mogotes formando una gruesa rueda humana, casi totalmente mimetizada con el oscuro color de la turba. En el centro quedó un breve claro de pampa, donde se movían los penachos del pasto con reflejos de acero verde.
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El Perro del Regimiento

agosto 11, 2007

de Daniel Riquelme

Entre los actores de la batalla de Tacna y las víctimas lloradas de la de Chorrillos, debe contarse, en justicia, al perro del Coquimbo. Perro abandonado y callejero, recogido un día a lo largo de una marcha por el piadoso embeleco de un soldado, en recuerdo, tal vez, de algún otro que dejó en su hogar al partir a la guerra, que en cada rancho hay un perro y cada roto cría al suyo entre sus hijos.

Imagen viva de tantos ausentes, muy pronto el aparecido se atrajo el cariño de los soldados, y éstos, dándole el propio nombre de su regimiento, lo llamaron Coquimbo, para que de ese modo fuera algo de todos y de cada uno.

Sin embargo, no pocas protestas levantaba al principio su presencia en el cuartel; causa era de grandes alborotos y por ellos tratóse en una ocasión de lincharlo, después de juzgado y sentenciado en consejo general de ofendidos, pero Coquimbo no apareció. Se había hecho humo como en todos los casos en que presentía tormentas sobre su lomo. Porque siempre encontraba en los soldados el seguro amparo que el nieto busca entre las faldas de su abuela, y sólo reaparecía, humilde y corrido, cuando todo peligro había pasado.

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El Padre, de Olegario Lazo Baeza

junio 17, 2007

Un viejecito de barba larga y blanca, bigotes enrubiecidos por la nicotina, manta roja, zapatos de taco alto, sombrero de pita y un canasto al brazo, se acercaba, se alejaba y volvía tímidamente a la puerta del cuartel. Quiso interrogar al centinela, pero el soldado le cortó la palabra en la boca, con el grito:
-¡Cabo de guardia!
El suboficial apareció de un salto en la puerta, como si hubiera estado en acecho.
Interrogado con la vista y con un movimiento de la cabeza hacia arriba, el desconocido habló:
-¿Estará mi hijo?
El cabo soltó la risa. El centinela permaneció impasible, frío como una estatua de sal.
-El regimiento tiene trescientos hijos; falta saber el nombre del suyo repuso el suboficial.
-Manuel… Manuel Zapata, señor.
El cabo arrugó la frente y repitió, registrando su memoria:
-¿Manuel Zapata…? ¿Manuel Zapata…?
Y con tono seguro:
-No conozco ningún soldado de ese nombre.
El paisano se irguió orgulloso sobre las gruesas suelas de sus zapatos, y sonriendo irónicamente:
-¡Pero si no es soldado! Mi hijo es oficial, oficial de línea…
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