El Chilote Otey

Julio 11, 2008

(de Francisco Coloane)
Alrededor de novecientos hombres se reunieron a deliberar en la Meseta de la Turba; eran los que quedaban en pie, de los cinco mil que tomaron parte en el levantamiento obrero del territorio de Santa Cruz, en la Patagonia.
Dejaron ocultos sus caballos en una depresión del faldeo y se encaminaron hacia el centro de la altiplanicie, que se elevaba como una isla solitaria en medio de un mar estático, llano y gris. La altura de sus cantiles, de unos trescientos metros, permitía dominar toda la dilatada pampa de su derredor, y, sobre todo, las casas de la estancia, una bandada de techos rojos, posada a unos cinco kilómetros de distancia hacia el sur. En cambio, ningún ojo humano habría podido descubrir la reunión de los novecientos hombres sobre aquella superficie cubierta de extensos turbales matizados con pequeños claros de pasto coirón. En lontananza, por el oeste, sólo se divisaban las lejanas cordilleras azules de los Andes Patagónicos, único accidente que interrumpía los horizontes de aquella inmensidad.
Los novecientos hombres avanzaron hasta el centro del turbal y se sentaron sobre los mogotes formando una gruesa rueda humana, casi totalmente mimetizada con el oscuro color de la turba. En el centro quedó un breve claro de pampa, donde se movían los penachos del pasto con reflejos de acero verde.
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Juguete del Niño Muerto

Enero 26, 2008

(de Marta de Munita)

El juguete lo sigue esperando al borde de la cama, aunque el niño está muerto y el sol no detiene sus brazos y la lluvia viene como al final vendrá el verano y como llega el viento de la montaña. Las horas van girando en las ruedas de madera, porque el juguete quiso moverse y se lo pidió al niño para estar junto a él en los siete años.
Mueren muchos niños todos los días en un solo lugar, y los grandes se quedan con las manos mudas para llenar el baño y el silencio igual que el primer día de la primavera. ¿Por qué es débil la nieve si no deja de ser blanca y el amarillo busca el azul para sentirse más fuerte? Mueren muchos niños, pero éste tenía un juguete que lo está esperando, y no se mueve de ese lugar porque alguien le dijo que volvía.
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Trapito sucio

Noviembre 26, 2007

(de Mariano Latorre)

Pichuca, la única hija del Ojo de Buey, no estaba dormida, sin embargo. El silencio que dulcemente la rodeó apenas los tres borrachos abandonaron el cuarto, terminó de despertarla. Como en los amaneceres, sentóse en su colchoncito de hoja de maíz, que a cada uno de sus movimientos crujía como si bajo él gritase un millón de grillos asustados. Se restregó los ojos una y otra vez. El silencio, como una araña invisible, empezó a tejer en torno suyo una tela de medrosa soledad. Soledad hecha de ruidos confusos y tenues: sordo correr de ratones, baratas que se perseguían en los viejos papeles despegados, dulce sollozo de una llave de agua a medio cerrar en el ancho patio del conventillo. El sobresalto trajo la claridad de la conciencia. Estaba sola. Creyéndola dormida, sus padres y su padrino salieron a divertirse. En su cabecita sobreexcitada, esta Noche Buena que alegraba a todos y de la cual la eliminaban a ella, había prendido como un prodigio. La angustia apretó la garganta con sus anillos de serpiente. Fue un sollozo convulsivo, primero; llanto aliviador y luminoso, después. En su húmedo bienestar brilló, entonces, una resolución: conocer el secreto de la Noche Buena.
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La Compuerta Nº 12

Octubre 30, 2007

(de Baldomero Lillo)

Pablo se aferró instintivamente a las piernas de su padre. Zumbábanle los oídos y el piso que huía debajo de sus pies le producía una extraña sensación de angustia. Creíase precipitado en aquel agujero cuya negra abertura había entrevisto al penetrar en la jaula, y sus grandes ojos miraban con espanto las lóbregas paredes del pozo en el que se hundían con vertiginosa rapidez. En aquel silencioso descenso sin trepidación ni más ruido que el del agua goteando sobre la techumbre de hierro las luces de las lámparas parecían prontas a extinguirse y a sus débiles destellos se delineaban vagamente en la penumbra las hendiduras y partes salientes de la roca; una serie interminable de negras sombras que volaban como saetas hacia lo alto.
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La Historia de los Libros, versión moderna: parte II

Septiembre 30, 2007


(Esta es la continuación del artículo anterior).

Capítulo I: Los Libros Eternos:

Las letras, al viajar de un país, o de un pueblo a otro hacían al mismo tiempo otro viaje. Pasaban de la piedra al papiro, del papiro a las tabletas de cera, de la cera al pergamino y del pergamino al papel.
Lo mismo que un árbol plantado en un terreno arenoso se desarrolla de manera diferente a como lo haría si estuviese plantado en un terreno pantanoso o arcilloso, las letras, al pasar de una materia a otra, cambiaron de aspecto. Sobre la piedra eran rígidas y derechas. Sobre el papiro se redondearon, sobre la cera se inclinaron como comas, sobre la arcilla tomaron forma de cuñas. Pero hasta cuando se las trazaba sobre pergamino o sobre papel, variaban constantemente de forma, de la manera más caprichosa.
¡Cuántas maneras diferentes hay de escribir!
El lápiz y el papel a los cuales estamos tan habituados, son invenciones recientes. Hace quinientos años el cartapacio de un escolar no contenía ni lápiz ni pluma de metal. Escribía con pequeños bastones puntiagudos sobre una tableta recubierto de cera, que colocaba sobre sus rodillas.
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La Historia de los Libros, versión moderna, parte I

Septiembre 27, 2007


Un hermoso libro que me ha gustado desde que lo leí la primera vez es La Historia de los libros de M. Ilin, una preciosa joya que llegó a mis manos en una añosa versión de la editorial argentina Calomino.
Ese libro, que ya no es posible encontrar (del que yo sólo tengo un par de fotocopias que tuve la previsión de hacer antes que mi ejemplar desapareciera misteriosamente de la mochila de un estudiante al que se lo presté) nos cuenta la Historia de este tan importante instrumento cultural, pero, como está claro, sólo llega hasta los libros de papel, porque no fue capaz de avisorar los cambios tecnológicos que fueron cambiando el soporte del libro.
Me propongo hoy, de manera bastante ambiciosa, completar la tarea del maestro ruso.
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Inamible

Septiembre 3, 2007

(de Baldomero Lillo)

Ruperto Tapia, alias “El Guarén”, guardián tercero de la policía comunal, de servicio esa mañana en la población, iba y venía por el centro de la bocacalle con el cuerpo erguido y el ademán grave y solemne del funcionario que está penetrado de la importancia del cargo que desempeña.
De treinta y cinco años, regular estatura, grueso, fornido, el guardián Tapia goza de gran prestigio entre sus camaradas. Se le considera un pozo de ciencia, pues tiene en la punta de la lengua todas las ordenanzas y reglamentos policiales, y aun los artículos pertinentes del Código Penal le son familiares. Contribuye a robustecer esta fama de sabiduría su voz grave y campanuda, la entonación dogmática y sentenciosa de sus discursos y la estudiada circunspección y seriedad de todos sus actos. Pero de todas sus cualidades, la más original y característica es el desparpajo pasmoso con que inventa un término cuando el verdadero no acude con la debida oportunidad a sus labios. Y tan eufónicos y pintorescos le resultan estos vocablos, con que enriquece el idioma, que no es fácil arrancarles de la memoria cuando se les ha oído siquiera una vez.
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El Perro del Regimiento

Agosto 11, 2007

de Daniel Riquelme

Entre los actores de la batalla de Tacna y las víctimas lloradas de la de Chorrillos, debe contarse, en justicia, al perro del Coquimbo. Perro abandonado y callejero, recogido un día a lo largo de una marcha por el piadoso embeleco de un soldado, en recuerdo, tal vez, de algún otro que dejó en su hogar al partir a la guerra, que en cada rancho hay un perro y cada roto cría al suyo entre sus hijos.

Imagen viva de tantos ausentes, muy pronto el aparecido se atrajo el cariño de los soldados, y éstos, dándole el propio nombre de su regimiento, lo llamaron Coquimbo, para que de ese modo fuera algo de todos y de cada uno.

Sin embargo, no pocas protestas levantaba al principio su presencia en el cuartel; causa era de grandes alborotos y por ellos tratóse en una ocasión de lincharlo, después de juzgado y sentenciado en consejo general de ofendidos, pero Coquimbo no apareció. Se había hecho humo como en todos los casos en que presentía tormentas sobre su lomo. Porque siempre encontraba en los soldados el seguro amparo que el nieto busca entre las faldas de su abuela, y sólo reaparecía, humilde y corrido, cuando todo peligro había pasado.

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Renacer

Agosto 8, 2007


(de Tsering Nandröm)

RENACER
TSERING NANDROM
Editorial Araucanía
Santiago de Chile, 1997.

….

Prólogo

Al iniciar la búsqueda de sí mismo debemos adentrarnos en las entrañas de
nuestro Ser. Recorrer esos laberintos y producir una comunicación entre el
cuerpo, la emoción y la mente; esto no es algo que sea fácil porque la más de las
veces se encuentra desfasado por las circunstancias que nos toca vivir.
Pero, lo más importante, es atreverse y correr el riesgo de encontrarse,
aceptarse y comenzar a producir el cambio de una vida que hasta hoy ha sido
organizada de acuerdo a la mirada terrena, abrir los ojos del alma es el paso
inicial para comenzar a colorear el espíritu que comenzará a llenar tus días con
una vida interior que llamarás Espiritualidad.
Allí comenzarás a “Renacer” en una vida de armonía, belleza, sutileza y
colorido, que revestirá tu vida de irradiación Divina, comenzarás a despertar las
Llamas de tu corazón y abrirás el Loto Crístico que te dará la Vida Eterna.
Renacerás en la fe, encontrarás un Dios dador de vida, un Ser lleno de Paz, que
siempre te cobijó bajo su Manto de Luz, que crece contigo en el andar del Sendero
y que amplía conciencia a través del espacio llamado tiempo. En el silencio se
reviste el Eterno, como el observador silencioso proyecta su Amor bondadoso hacia
todos sus Hijos de la Tierra. ¡Tú eres uno de ellos! no te alejes del jardín
infinito de Amor porque, aunque sepas o no, ya estás camino a la Ascensión.

Tsering

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Lucero

Julio 1, 2007

(de Óscar Castro Zúñiga)

Recortadas unas sobre otras, las cresterías de la cordillera barajan sus naipes pétreos hasta donde la mirada de Rubén Olmos puede alcanzar. Cumbres albísimas, azules hondonadas, contrafuertes dentados, enhiestas puntillas van surgiendo ante su vista siempre cambiantes, cada vez más difíciles al paso a medida que asciende. Antes de iniciar un repecho demasiado fatigoso, el viajero decide conceder un descanso a su cabalgura, que resopla ya como un fuelle. Y cuando se ha detenido, cruza su pierna izquierda por encima de la montura y despeña su mirada hacia el valle.

Primero le salta a la pupila el espejeo del río, que alarga con desgano su caprichoso serpenteo por entre pastizales y sembrados. Pasan luego sus ojos por sobre los cuadriláteros de unos cuantos potreros y busca el pueblo de donde partiera en la mañana. Allí está, escaparate de juguetería, con sus casas enanas y los tajos oscuros de sus valles. Algunas planchas de zinc devuelven el reflejo solar, tajeando el aire con plateado y violento resplandor.
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