Llevamos más de dos años hablando de Educación en Chile y hemos visto y escuchado de todo. La gran bandera de la llamada Revolución Pingüina fue la derogación de la LOCE, pero cuando se logró el acuerdo necesario, ya habían levantado otras exigencias, cada una más rimbombante como escasa de sentido.
No quiero decir con esto que no haya problemas. Los hay y de fondo.
Espero que esas escuelas sucias, llenos de hongos, que se llueven por todos lados, con baños insalubres y ratones robustos, hayan desaparecido del horizonte de nuestra estructura pedagógica. Dos años son más que suficientes para ello.
Nuestra Educación, como creo que ya todos saben, fue capaz en los 80 y 90 de superar el desafío no menor de la cobertura, tema que el estado chileno no fue capaz nunca de resolver satisfactoriamente y que solo a través de la promoción de la iniciativa privada y de las leyes de enseñanza gratuita obligatoria, de doce años de escolaridad, fue posible alcanzar.
Es necesario recordar estos hitos, porque a veces la caricatura que nos hacen los medios de prensa y las consignas vacuas de sentido de los “líderes educacionales”, provocan el pronto olvido de un tema que no es menor y que, gracias a haberlo superado, podemos discutir sobre la calidad de nuestra Educación.
Y, por cierto, la calidad de la educación, es un tema mayúsculo que no se soluciona solo con una ley más o menos en el Parlamento ni con la eliminación del lucro, ni con la vuelta de las escuelas a la esfera pública.
Me parece que los problemas en este sentido abarcan todo el espectro educativo, solo a manera de minuta mencionaré algunos de los más evidentes:
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