María Olga es una mujer encantadora. Especialmente la parte que se llama Olga.
Se casó con un mocetón grande y fornido, un poco torpe, lleno de ideas honoríficas, reglamentadas como árboles de paseo.
Pero la parte que ella casó era su parte que se llamaba María. Su parte Olga permanecía soltera y luego tomó un amante que vivía en adoración ante sus ojos.
Ella no podía comprender que su marido se enfureciera y le reprochara infidelidad. María era fiel, perfectamente fiel. ¿Qué tenía él que meterse con Olga? Ella no comprendía que él no comprendiera. María cumplía con su deber, la parte Olga adoraba a su amante.
¿Era ella culpable de tener un nombre doble y de las consecuencias que esto puede traer consigo?
Así, cuando el marido cogió el revólver, ella abrió los ojos enormes, no asustados, sino llenos de asombro, por no poder entender un gesto tan absurdo.
Pero sucedió que el marido se equivocó y mató a María, a la parte suya, en vez de matar a la otra. Olga continuó viviendo en brazos de su amante, y creo que aún sigue felíz muy felíz, sintiendo sólo que es un poco zurda.
Otras lecturas inolvidables:
Todo el campo se llamaba Raúl, de Teresa Calderón
Tocando el sol, Helein González
El vaso del leche, de Manuel Rojas
El Chiflón del Diablo, de Baldomero Lillo
Las sorprendentes memorias de Baltazar, de Claudio Orrego
Aquello que jamás puede morir, de Clarissa Pinkola Estés
El Chilote Otey, de Francisco Coloane
Juguete del niño muerto, de Marta de Munita
Trapito sucio, de Mariano Latorre
La compuerta Nº 12, de Baldomero Lillo










