Dice la historia eclesiástica que en 356 los restos del inspirador de los monjes del desierto, San Antonio el Grande, fue trasladado a un monasterio cristiano copto, especialmente construido para recibir sus restos, en las afueras de El Cairo.
Como todo monasterio de vida eremita, viven alejados del mundo, orando por la salvación de quienes no oran y llevando una vida ejemplar. La modernidad no ha tocado, en casi dos milenios, sus puertas.
Escrito por prof. B. Andrés González Vargas 








