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NOTA PRELIMINAR
Perdónenme, pero no puedo confesar mi secreto. ¿Cómo conseguí apoderarme de los recuerdos y las experiencias de Baltazar? Aquello no puede ser revelado sin romper la magia que encierran las reflexiones de este excepcional oso polar.
Al enterarme de esta historia, he llegado a creer que se trata de un evento ultra-terreno, porque hasta ahora jamás había escuchado de un animal que pudiera comunicarse con los humanos.
Por cierto, menos aún, que fuera capaz de llegar a pensar en términos tan sorprendentemente análogos a los que utilizamos los hombres. ¿No será acaso que nuestra diferencia con los animales es que éstos tan solo no pueden hablar pero sí son capaces de pensar y sentir?
No puedo tampoco dar el nombre de quién recibió las confidencias de Baltazar. Si él tuvo la voluntad de no decir nada en sus recuerdos, ningún derecho tengo yo a hacerlo.
En resumen, todo resulta misterioso, en estas páginas. Salvo de que el oso Baltazar existió y dijo lo que aquí se relata.
Tal vez el lector se sorprenda, de repente, de ciertas incongruencias en la percepción de la realidad. Ello me parece, sin embargo, inevitable si se piensa que esto es tan solo el pensamiento de un oso que desde que abandonó su tierra polar, jamás vio nada más allá de los límites de su fosa del zoológico.
Al fin de cuentas, no creo que esto interese a todos. Sin embargo, he asumido la responsabilidad de publicarlo por si alguno le pareciera lo contrario y le interesase conocer un pensamiento de origen tan especial. Estoy convencido de que a muchos les parecerá agradable encontrarse con un girón de sus propias vidas o volver a sentir alguna olvidada emoción.
Baltazar murió. Por ello no resulta posible inquirir, a través de nuestro intermediario, precisiones sobre algunos puntos poco explícitos. Sin embargo su intención parece ser bastante clara. Sobre todo resalta su bondad de espíritu.
Tomemos entonces las publicaciones de esta obra como un homenaje de los seres humanos, a un oso que supo sentir afecto y comprensión, a pesar de los sinsabores de su vida. Sobre que supo alcanzar su libertad tras las rejas del zoológico.
Le ruego, amigo lector, que reciba ahora la palabra de Baltazar y saque sus propias conclusiones de esta historia sorprendente.
Claudio Orrego Vicuña
Mulchén, febrero de 1974.
AQUEL DÍA INICIAL
Tal vez pudo haber sido de cualquier manera. Pero fue tal como se los estoy contando.
¿Y qué otra cosa queda cuando Dios decide sobre la vida de un oso?
Hacía ya largo tiempo que los rayos del sol habían dejado de calentar la tierra cálida del valle central, donde forzadamente se había fijado mi residencia. Al igual que las golondrinas, la tibieza de los día se había dirigido hacia parajes más ecuatoriales donde, a esa hora precisa, estaría haciendo la delicia de grandes y chicos. También, haciendo sufrir a los osos; si es que los había, en situación tan sorprendente como la mía.
Aquí la situación tendía a mejorar. Al menos para mí, en los términos relativos en que ya se desarrollaba mi existencia.
En las noches, a veces, el frío permitía ciertas reminiscencias de los añorados tiempos de libertad; cuando los blancos témpanos permitían jugar a las carreras de barcos en la niñez. Aquellos tiempos en que vivir era natural y, ciertamente, agradable. No se crea que sólo porque éramos jóvenes, lo que siempre es un recuerdo digno de ser considerado. Lo era también, por la belleza de las blancas estepas.
Sobre todo –ciertamente sobre todo– lo era por el silencio. Esa distancia infinita con otros seres –aún con la mayoría de los demás osos– que se expresaba en un palpable vacío de cualquier existencia.
En aquel paraje donde nuestro padre se había constituido en vigía del Polo, el silencio era especialmente denso. Las mismas gaviotas, tan irritantemente ruidosas, habían optado por retirarse hacia lugares más protegidos.
(El día que volaron hacia el norte, con mis hermanos hicimos bromas de alegría. Alcanzamos incluso a desearles que fueran golondrinas sin retorno. Después nos dio pena).
Y a partir de ese día el silencio fue casi total. Sólo el ruido de los hielos al chocar recordaba que uno estaba aún en este mundo y era el trueno de éstos al quebrarse el que nos volvía a la realidad de nuestra propia existencia por medio de un inagotable pequeño escalofrío de terror.
El paso de los años me demostraría que la mayoría de los osos –e intuyo que también de los hombres– solo daban gracias a su Dios por la vida cuando sentían el quiebre de los hielos y percibían la profundidad eterna de las aguas oscuras.
Sin embargo, a veces, la presencia de Dios se hacía palpable de otro modo. Cuando el sol saltaba de la noche y deslumbraba el mundo con su reflejo polar. Entonces, era posible creer la historia de nuestros abuelos de que antes siempre fue noche hasta que ella se quebró en dos y el cielo se abrió como una ventana al sol.
Yo nunca supe si me alegraba la llegada de la luz. Mientras era noche, el blanco del hielo era puro y podíamos admirar la claridad de nuestra propia piel, Cuando aclaraba, en cambio, el hielo no era tan perfecto y nuestra blancura distaba mucho de ser hermosa.
Por eso, el día era menos grato que la noche. La transparencia del rayo de Dios nos notificaba de la inmensidad de nuestra tierra y de la imperfección de nuestra propia realidad.
Ello me pareció así desde que tuve uso de razón. Pero fue en mi adolescencia cuando agregué una nueva justificación a mi rechazo de la luz. Mi intuición parecía razonable.
Fue un día como cualquier otro aquel en que llegaron esos extraños y malvados seres. Atronaron el silencio con sus gritos y sus explosiones recibían el eco infernal de los hielos. Todo en ellos los convertía a nuestros ojos en la encarnación del mal.
Durante miles de años, tal vez más, los osos compartimos nuestro reino del hielo tan sólo con las amables focas.
Los ancianos decían que aquello era así porque éramos los guardianes del cielo. Por eso todo era blanco y nosotros los más fuertes de todos los blancos,
Era ya mi padre un oso grande y yo conocía más de algo de la vida cuando ocurrió la tragedia.
En un comienzo los invasores parecían perdidos y llenos de temor. Estuvieron varios meses, aquella primera vez, pero nunca se alejaron demasiado del extraño témpano oscuro que los había traído. Un día fueron rescatados por otros seres iguales que vinieron en un témpano mayor, pero igualmente extraño. Se los llevaron sin que nadie supiera a dónde, pero yo sospecho que fue al cielo dada la felicidad que demostraban.
Pero ya la paz se había roto. Para siempre.
Cada vez que Dios se hacía presente con su rayo de luz y el espacio se abría hacia el infinito, volvían a aparecer.
Cada vez más seguros.
Cada vez más numerosos.
Cada vez más sanguinarios.
Primero fueron los lobos de mar. ¡Qué crueles eran con ellos! ¡Cómo los perseguían y los ultimaban!
Los roncos gritos de las madres al ver morir a sus hijos desgarraban la eternidad helada. Era imposible huir de su dolor. Estaba en todas partes, en cada rincón, tras cada témpano. Aún debajo de las aguas.
Nosotros nos preguntamos qué había hecho aquel pueblo tan inofensivo y pacífico para merecer tal castigo.
Sólo el tiempo fue silenciando la tragedia.
Pero ya nada volvió a ser igual. Aun en la larga noche se desprendían de los montes blancos el eco de los lamentos. Todos los recordaban en silencio y nadie osaba hablar del pasado.
Quienes vivíamos aquella paz oscura llegamos a temer la visita de Dios. Cuando la noche con su lenta cadencia se acercaba a su fin, el temor se iba apoderando de todos. Un largo y gélido escalofrío recorría a los pueblos blancos del Señor de los hielos.
Ya todos sabíamos que junto con la luz volvería la tragedia y la muerte.
No recuerdo con exactitud cómo fue. Pero sí estoy cierto que era aún muy joven cuando me agarraron.
No fue muy violento ni demasiado cruel. Por cierto que nada semejante a lo ocurrido con los lobos de mar.
Fue como una gran piel agujereada que súbitamente me envolvió por completo. Nada pude hacer para resistirme. Todo fue inútil ante los perfeccionados métodos de los enviados del mal.
Desde ese entonces perdí mi libertad.
He aprendido otras cosas, sin embargo. Desde luego a entender quiénes son los hombres. Pero sobre todo he aprendido a conocer, a distinguir y a pensar.
Mi mundo tras las rejas de mi pileta es más rico que antes. Creo, incluso, que la sabiduría es una forma perfeccionada de la simple libertad natural de los témpanos polares.
Tras las rejas del zoológico hay todo un mundo que he ido descubriendo, con sus grandezas y sus debilidades.
LOS DÍAS DE TEMOR
No cabe duda de que lo desconocido causa temor. Desde el primer instante de mi cautiverio sentí miedo. Un miedo terrible. Absolutamente imposible de narrar porque, aun cuando ya pasó hace largo tiempo, es su solo recuerdo el que produce temor.
Atrapado por las redes de los hombres, comprendí que mi vida sería irremediablemente trastornada.
Las largas noches polares no volverían a ser mías porque los hombres jamás se acostumbraron a vivir en ellas. Tanto temor les guardaban, que cuando la luz de Dios comenzaba a extinguirse, los cazadores partirían inevitablemente hacia su propio mundo.
Hacia aquel mundo desconocido. Necesariamente diferente del mundo blanco e infinito de los osos.
En efecto, así ocurrió, porque así tenía que ocurrir.
Largos fueron los días de temor.
Sin embargo, sorprendentemente, resultó que el miedo era recíproco, tanto era el que yo tenía ante su presencia como el que ellos demostraban ante la mía.
Pensándolo bien, no era de extrañarse. ¿Por qué no había de ser también así, si ellos tampoco conocían a los osos y su vasto mundo?
El caso es que yo les temía a ellos y ellos a mí. Y eso no terminó hasta después de largo tiempo.
Mi nueva residencia era un mundo sorpresivo. Las noches eran tan cortas que cuando recién se acostumbraba el ojo a la oscuridad ya aparecía el sol con su abanico de rayos.
Además, ellas jamás eran perfectas como las nuestras. Miles de luciérnagas la salpicaban por todos lados. Extraños resplandores impedían ver las nubes de estrellas que protegían nuestro sueño polar.
La luz, en cambio, irradiaba una fuerza que hacía preguntarse si los hombres no serían los verdaderos preferidos de Dios.
¿Por qué tanta luminosidad en el aire? ¿Por qué tanto calor emanado del sol? ¿Por qué ese fuego que resecaba la piel hasta hacer añorar el frío?
Nada era igual en nuestros mundos.
Mil tonos de verde reemplazaban el resplandor del blanco hielo y mil tonos de gris opacaban el reflejo de la luz en las montañas.
En las tardes, cuando el calor arreciaba, los colores eran más vivos y la luz se hacía más densa. Al atardecer, la luz se iba tiñendo de naranja y algunos días, también de rojo. Las blancas nubes cambiaban de color hasta convertirse en verdaderos espejos de aquella luz que las impregnaba enteras.
No puedo negar la belleza de aquel valle central. Tamizada por su filtro de colores, la naturaleza adquiría un tono melancólico que era imposible separar de la nostalgia.
Y los hombres parecían asimilarse a ella en una extraña mezcla de alegría y pena que, con el tiempo, se fue apoderando también de mí.
Me costó percibirlo, pero un día llegué a la conclusión de que había puesto el dedo en la llaga. Desde ese día conocí el verdadero carácter de los hombres que me rodeaban. Entonces, recién el temor fue cediendo paso a la comprensión y de ella llegué a la simpatía.
En realidad no fue fácil, pero una vez logrado fue realmente hermoso. Lo suficientemente hermoso como para que me decidiera a transmitir estos recuerdos que tal vez no interesen a nadie.
Sin embargo, no adelantemos la historia de cómo fui descubriendo el mundo de los hombres tras las rejas de mi prisión.
La primera sorpresa fue constatar que entre nosotros, los osos, y los hombres cazadores de focas, habían cosas en común.
Fue recién instalado en mi residencia de rejas que percibí la existencia de los niños. Al igual que en nuestras tierras polares los hombres tenían hijos, que también nacían diminutos. Pequeños seres a los cuales sus padres mimaban igual que los viejos osos.
Se veían dedicados a ellos. A lo menos desde mi encierro así era mi impresión, con la sola excepción de los guardias que estaban a cargo de nuestras jaulas que parecían no tener hijos.
Cada día en torno a mí pasaban miles de niños. Corriendo solos o en brazos de sus padres parecían ser infinitos. Todos los días era una experiencia novedosa verlos.
En mi soledad llegué a sentirme amigo de ellos. Sin embargo, fue a raíz de ese sentimiento que volví a percatarme de que aún no desaparecía el temor mutuo entre los osos y los hombres.
Reconozco que no siempre fue igual. Los primeros días el más asustado era yo. Sólo el hecho de constatar que mis cazadores tenían hijos ya me produjo desconcierto, porque parecía desmentir su infinita crueldad para con los míos.
Luego, al verlos acercarse a mi jaula, temí que tuvieran los mismos instintos de quienes destruyeron la armonía perfecta de nuestro mundo de osos.
Se aproximaban sigilosamente a las rejas y me lanzaban proyectiles. Todos desconocidos para mí. Ello fue lo que hizo que tardara tanto en comprender que aquello era un signo de amistad humana; una forma de compartir conmigo su propio alimento para hacerme menos doloroso mi encierro.
Al comprenderlo, fue que despertó realmente en mí el sentido de la amistad hacia ellos. Pero aún tendría que comprender que jamás se borran las diferencias entre un oso y un hombre.
Más tarde aprendí que suelen dedicarse a resolver sus desacuerdos mediante el uso de proyectiles. Por cierto, bastante menos inofensivos con que sus criaturas trataban de demostrar su amistad hacia mí.
Debo confesar que siempre los hombres son capaces de mantener la incógnita sobre su verdadera manera de ser y de pensar. Cuando uno menos se lo espera, se producen hechos sorprendentes y reacciones destempladas. Claro, que no todas ellas son agradables, ni mucho menos…
Una amarga experiencia debería recordármelo para siempre. Notificándome así de mi condena a perpetua soledad.
Fue una mañana de primavera, cuando el sol aún no era de fuego, que vi aproximarse al pequeño distanciado un poco de su padre.
Era hermoso como una avecilla de amanecer y más hermoso me pareció aún cuando abrió sus manitos y, generosamente, dejó caer en mi celda cuanto en ellas había.
Me acerqué a él tendiéndole mis brazos para acariciarlo cuando el temor se interpuso entre nosotros violentamente. Sus ojos se dilataron hasta convertirse en dos hermosas uvas negras. De su boquita crispada no alcanzó a salir ruido alguno, ahogada su voz en el espanto.
Todo lo que siguió ocurrió en fracciones de segundos. El grito desgarrador de la madre –que me recordó el triste sonido de dolor de las lobas de mar–, el tumulto, los golpes, el llanto. Pero sobre todo me duele aún el odio que expresaban aquellos rostros.
Aquel día comprendí que la amistad entre yo y los hombres no pasaría nunca de ser un sentimiento generoso de mi parte. El temor que nos separaba mutuamente era tan profundo como las negras aguas del mar de mi niñez. Tan ancho que la desconfianza jamás lograría sobrepasarlo, a pesar de su manifiesta injusticia.
Desde entonces me he resignado a vivir sin tener a quién expresar mi afecto. Los días de temor no tendrían fin entre nosotros.
Me había convertido para siempre en un solitario condenado a no tener más compañía que mis pensamientos y mis nostalgias…
Sin embargo, también aquello se me demostraría como pasajero, dentro de los sorprendentes hábitos de aquella sorprendente raza.
Ciertamente que el miedo existía…Pero también algo más.
EL DÍA DEL BAUTIZO
Debo contarles que el asunto fue bastante extraño, pero sobre todo, irritante.
No hacía mucho de mi llegada al zoológico y la curiosidad por verme era bastante intensa. De ahí que todo el día había un largo desfile delante de mi foso en que se escuchaban las más variadas exclamaciones.
Pero no fueron los humanos que me visitaban a quienes debo mi nombre. El asunto ocurrió de otro modo.
Aquella mañana de verano, mi guardián llegó acompañado de otros guardianes. Venían bastante alegres y llevaban regalos en sus manos. Entremezclaban risas y chistes, que a mí me parecieron nada de graciosos.
De repente uno me miró y dijo: ¿Cómo le vamos a poner a éste?
Bastó aquello para que la algazara aumentara. Parecían no contener dentro de sí mismos su alegría, y cada uno lanzó sus sugerencias:
–Copo de Nieve.
–Arroz con Leche.
–Blanca Nieves.
–Cara de Pancutra, y muchos otros que hacían cundir mi desesperación ante tal espanto.
Llevaban largo rato en la discusión, sin ponerse de acuerdo, cuando uno de ellos pareció encontrar la fórmula: “¿Y si le ponemos Baltazar, como al negrito del pesebre, ya que es tan reblancazo?”.
El asunto pareció tocar un resorte muy profundo de los humanos: se caían al suelo de la risa, repitiendo: “Baltazar…Baltazar…Buen dar con la cosa…Baltazar!”.
A mí no me pareció nada de gracioso y hasta hoy no logro saber a quién diablo se referían cuando hablaban de Baltazar-
El caso es que me quedé con el nombre sin saber por qué y, desde ese momento, todo el zoológico me llamó así. Al final tuve que acostumbrarme.
Y eso fue todo, porque parece que los bautizos son siempre cortos…
UN DÍA DE AMISTAD
Fue claramente un día de invierno crudo (por lo menos de lo que yo entonces me había acostumbrado a considerar así) cuando ocurrió lo que le relataré.
El cielo venía de abrirse de sus nubes negras y un sol esplendoroso llenaba el valle de punta a punta. Sin embargo, aún el sabor a lluvia permanecía en el aire recordando la noche anterior. Mis ojos retienen todavía el color de ese cielo azul, tan profundo, que parecía que el mar se hubiera trastocado con él.
El frío parecía ser muy fuerte, de guiarse por el rostro de los hombres que ese día circulaban a mi alrededor. Todos parecían huir del mundo exterior escondiéndose al interior de sus propias ropas. Parecían extraños pingüinos sin manos.
Fue en aquel momento en que percibí la presencia de la pequeña muchachita. No debe haber tenido más de doce años, pero el frío la empequeñecía aún más. De su figurita entumecida, era imposible determinar si era ella quien sufría los rigores del clima, o si el aire era quien se congelaba al contacto con su frágil cuerpo.
La divisé desde lejos e intuí que una extraña relación se crearía entre nosotros. Habría que haber tenido el corazón de hielo para no haberse conmovido con el espectáculo.
Ya en ese tiempo, había llegado a la conclusión que los niños constituían la parte más hermosa del género humano. Todos ellos irradiaban una sed de afecto y protección de la cual un oso era incapaz de sustraerse.
Pero si todos los niños eran hermosos y tiernos, aquel día comprendí que los niños pobres cristalizaban en el alma los sentimientos más hermosos de solidaridad y afecto. ¿Puede haber acaso algo más conmovedor que la fragilidad de un pequeño ser abandonado?
En ellos se traslucía sin disimulo la tragedia de los humanos. Indefensos como todos, mostraban en sus rostros desamparados el extraño mundo de egoísmo y crueldad que los rodeaba.
No cabe duda que el Dios de los hombres los preparó con descuido para enfrentar el mundo en que les correspondía vivir. Nada en ellos bastaba para que por sí solos se desenvolvieran para poder subsistir.
El contraste con el Dios de los osos era manifiesto. En nuestro mundo todo era perfecto. Nuestra piel era gruesa y abundante, nuestros brazos fuertes y nuestros dientes poderosos; nuestro color tan blanco como blancas eran las tierras que habitamos. Nacíamos provistos de todo para poder vivir sin depender de nadie.
Sin embargo, entre los hombres las cosas parecían darse de otra manera. Algo de ello había percibido en las visitas infantiles que recibía cada día, pero todo quedaba claro ante el espectáculo de aquella criatura de invierno.
¿Por qué existían hombres que tenían todo y otros que no tenían nada? ¿Por qué algunos reflejaban en sus rostros la alegría de vivir, mientras otros tan solo parecían añorar un cambio de destino?
Esas interrogantes me asaltaban desde tiempo atrás. Por eso mi impulso de acercarme a aquella hermosa niña fue espontáneo e irreflexivo.
Tal vez no fue sólo por eso. Desde la distancia se percibía que la pobre muchacha en su soledad no desestimaría la amistad de un oso. En sus ojos de sueño no parecía temerme. Más bien daba la impresión de que hubiera deseado acercarse a mí con tal de poder encontrar algo de amistad. O tal vez un poco de calor que la hiciera olvidarse de aquella fría mañana de invierno.
No sé si le hablé o nos entendimos sin decirnos nada. Aquello último es lo más probable.
El caso es que le pregunté qué hacía ahí un día como ese, sin más abrigo que un modesto vestido transparente.
Me miró largo rato, hasta que se convenció de que a ella me dirigía. Parecía acostumbrada a escuchar hablar por sobre su cabeza hacia personas desconocidas.
Fue después de un rato que me explicó que no tenía nada más y que no tenía a nadie más a quien recurrir.
La respuesta me tomó de sorpresa. ¿Cómo entre tantos humanos aquella criatura no tenía a nadie? ¿Y los demás de quiénes eran?
Recuerdo que ni los lobos de mar, ni las estridentes gaviotas jamás dejaban a uno de los suyos abandonados. Cuando las tragedias se dejaban caer sobre ellos siempre la solidaridad se expresaba de alguna forma y todos alcanzaban su plena felicidad.
¿Por qué los humanos eran diferentes hasta ese punto? ¿Por qué entre ellos el egoísmo y la maldad se expresaban con tanta crudeza?
Fue ella quien me dijo que envidiaba mi hermosa piel blanca capaz de cubrir todos los fríos, y los cuidados de que era objeto para garantizar mi buen pasar.
Nunca se me hubiera ocurrido pensar de ese modo puesto que los osos así nacen y así viven, sin más diferencia que la que existe entre obtener la comida por uno mismo y que se la den preparada según la voluntad de otros.
Por eso le pregunté si ella no medía el dolor que me causaba haber perdido mi libertad y de hallarme tan lejos de la tierra helada de mis osos.
Aparentemente para ella nada significaba todo eso. Ni el derecho a vivir con los suyos, ni el desafío de encontrar cada día de qué alimentarse, ni la pasión de tener por delante un mundo abierto que descubrir.
Solamente la angustiaba la tragedia del hambre y el frío. Su mundo de tristeza terminaba en los bordes deshilachados de su vestido insuficiente y se abría a la ilusión de vivir con plenitud. Para ella su libertad de deambular por las calles de la gran ciudad tan sólo se reducía al privilegio de cosechar el egoísmo ajeno.
Le juré que prefería mil veces cambiar mi encierro por noches de frío y hambre, pero al final me hizo dudar si realmente pensaría igual si estuviera en su lugar.
Aún hoy guardo aquella duda y mantengo vivo el recuerdo del dolor de aquellos ojos negros de niña triste. Sin embargo, cada día de mi encierro se me ha hecho más doloroso.
¡Tan siquiera tuviera la libertad de hacer el bien, de compartir mi vida y mi bienestar con aquellos que nada obtienen de sus propios semejantes! ¡Si por lo menos hubiera podido ser un oso generoso! Después, con el tiempo, llegué a pensar más allá que eso.
Fue en medio de esa tierna amistad que apareció la vieja dama de negro. No nos percatamos de ella, abstraídos en nuestra conversación, hasta que poniendo una mano sobre el hombro de la niña le inquirió qué hacía ahí, a esa hora, con esas ropas, en ese día tan frío.
La sorpresa rompió la intimidad de nuestra amistad. Si bien yo veía a diario a la vieja dama repartir su alimento entre las aves del parque, no dejó de impresionarme su gesto bondadoso.
El fin de la historia ocurrió muy rápido. Una de las galletas del viejo bolso negro pasó a manos de la muchacha y su rostro se iluminó como tarde de primavera. Luego comenzaron a marchar, lentamente, como haciéndose confidencia atrasadas de mil años.
Ya estaban lejos cuando los ojos negros se volvieron hacia mí. Su reflejo no era el mismo. Parecían ya cargados de un rayo de ilusión y yo guardo la esperanza de que haya sido también de amistad.
Nunca sentí más duros los barrotes de mi celda que en aquel momento. Sólo ellos y tan sólo ellos me impedían haber continuado mi amistad y haber recorrido el mundo de aquella abriéndole un horizonte de ilusiones.
Nunca odié con más fuerzas la prisión que aquel día.
Tal vez haya sido para mejor. Fue así como comprendí que la libertad es el camino para servir a quienes están abandonados a la injusticia del mundo de los suyos.
Así también tuve la esperanza de que el mundo de los hombres fuera menos cruel de lo que parecía. ¿No sería acaso aquella dama de negro que alimentaba a los pajaritos y que se apiadó de la niña, un reflejo del Dios de la Tierra?
Desde aquel día guardo la ilusión de que el Dios de los hombres sea el mismo que el Dios de los osos.
Pero, fundamentalmente, guardo la alegría de haber encontrado a una niña pobre que fue la amiga de un oso que todos temían. ¿Tal vez sería por eso que fue mi amiga?
Todo ya es recuerdo. Pero debo reconocer que fue el día más hermoso de mi vida.
UN DÍA DE REBELIÓN
El asunto, sin duda, no era nuevo. Llevaba casi tanto tiempo como mi permanencia en aquel foso, y tenía como causa única y exclusiva la soberbia prepotencia del cuidador.
Me hubiera parecido una torpeza sin nombre haberle discutido su autoridad. Por algo él era el carcelero y yo tan sólo el prisionero. Eso había quedado claramente estipulado desde el día en que caí en las redes de los cazadores de focas.
Por esa razón mi actitud siempre fue sensata, puesto que partía del supuesto de nuestra diferente situación. Aceptaba los malos modales con que me daba la comida y la forma superficial con que aseaba mi jaula.
Todo ello lo acepté, durante largos meses, sin protesta alguna, no obstante que no pocas veces me entretuve pensando cómo serían las cosas si en lugar de estar dentro de una jaula estuviéramos en medio de los hielos polares. ¡Ahí me habría gustado ver la prepotencia insolente del guardián!
Incluso llegué a pensar que en esa sensata resignación estaba mi superioridad sobre mi carcelero. Su fuerza era tan sólo el producto de su situación, en cambio la mía era producto de mi propia naturaleza. De ahí que su dominio era sólo el fruto de mi paciencia y otro gallo le cantaría el día que perdiera los estivos y le diera su merecido.
Pareciera ser que esa actitud en los hombres a los cuales se les entrega poder. Tan pronto lo tienen, parecen comenzar a valorarse por su ejercicio más que por sus propias virtudes.
Incluso llego a pensar que mientras más infelices son en realidad, más les gusta demostrar su poderío.
Mi guardián tenía al extremo la deformación del poder. Cuando aparecía en las mañanas con su modesto traje raído, llegaba incluso a inspirar compasión. Se veía tal cual era. Un hombre humilde que entre los humanos parecía no haber llegado muy lejos. Su mirada incluso denotaba un aire de desconcierto frente al mundo que lo rodeaba más allá de las rejas del zoológico. Su andar cansino mostraba que la vida había producido, ya en él, su inevitable desgaste y que ya no tenía la vitalidad que se podía observar entre otros más jóvenes.
Nada indicaba que pudiera ser un mal hombre. Por el contrario, su aire desvalido, acostumbrado a ser mandado y a obedecer le daba esa apariencia bondadosa del subordinado.
Sin embargo, bastaba que traspasara el umbral de su trabajo, cambiara sus ropas de calle por el traje gris de los guardianes, y ya el cambio se había producido.
El guardián se había transformado. Ni siquiera un pequeño aire que permitiera recordar su modesta bonhomía de pocos minutos antes. Todo era soberbia, gritos, órdenes, palos, insultos, atropellos.
Él, acostumbrado a obedecer, no resistía un minuto el embrujo de mandar. Sentirse con poder constituía para él la suprema realización y había días en que yo pensaba si realmente no vivía todas las horas de su vida pensando en el momento supremo en que se calaría su gorra de mando.
El día de marras, todo había comenzado como siempre. A media mañana, cuando ya el público se paseaba frente a las jaulas, había ingresado a la mía con su balde, su escoba y su fusta pendiente del cinturón.
Los mismos gritos, los mismos golpes, las mismas recriminaciones, el mismo aire de innata superioridad del carcelero sobre su víctima.
En eso estaba –cumpliendo fielmente su rígida rutina diaria– cuando un muchacho se acercó a mi jaula y me lanzó algunas especies que, según entendí por lo que después sucedió, no debía habérselas lanzado a un oso. Su reacción fue violenta e intempestiva. Rápido como un rayo, mientras tronaban sus improperios, cruzó la jaula descolgando su fusta y con ella cruzó el rostro del muchacho dejándole el rostro marcado de sangre.
El pobre niño –aun cuando ya no era pequeño– no atinó a reaccionar ni defenderse. Fue así como sólo escuché de él el llanto incontenible de quien es víctima de una agresión injusta.
Confieso que fue inconsciente lo que hice. Mi naturaleza pudo más que mi sensatez y, sin saber cómo, lancé un feroz alarido (tan olvidado que yo mismo me asusté de su fuerza) y tomé al guardián del cuello zamarreándolo en el aire mientras lo golpeaba contra las rejas.
La cara de terror del pobre infeliz es imposible de describir. Tan sólo basta anotar que nada de su aire de superioridad, ni de sus arrestos de poder, quedó en pie. Sus ojos dilatados, sus manos aleteando sin destino, sus piernas colgando como simples cordeles, su boca abierta para remarcar con más fuerza su profunda mudez.
No recuerdo cuánto duró todo ello. Sólo recuerdo los golpes que comencé a recibir, los gritos que se esparcían por todo el parque y la enorme aglomeración de gente que se produjo en torno a mi foso. Fue recién entonces que lo solté.
Durante una semana me tuvieron sin comer y me sometieron a todo tipo de molestias y agresiones. Fue sólo cuando ya comencé a dar signos de debilidad que me restablecieron mi régimen normal.
Pero el antiguo guardián no volvió más. Después supe que lo habían enviado a alimentar las aves tropicales. Tampoco nunca más volvió a acercarse a mi jaula con sus antiguos arrestos de gran señor.
El nuevo guardián llegó de otro modo. Parecía haber comprendido que su traje gris y su fusta no le daban más atribuciones que las que legítimamente tenía frente a quienes debía servir. Creo que aprendió la lección en forma clara y definitiva.
Por cierto que no me arrepiento de nada de lo ocurrido.
UN DÍA DE NOSTALGIA
No sé todos conocen lo que es un día de nostalgia, pero son maravillosos. Uno amanece ya sin ganas de hacer nada que no le resulte plenamente agradable.
Pareciera ser que la naturaleza exige, de vez en cuando, la posibilidad de estar solo, despreocupado de todo, ausente del mundo que nos rodea.
No resultaba agradable estar todo el día paseándose de un lado para otro y haciendo gracias a cambio de un maní. Esa rutina terminaba cansando.
Uno lo veía en los propios seres humanos. Cuando venían al zoológico daban la impresión de estar sacándose un gran peso de encima. Parecía ser el único día que hacían lo que les daba la gana. Y eso se les notaba en el rostro, en la manera de vestirse, en el aire distraído y sin apremio con que caminaban por las avenidas del parque.
Eso me permitía deducir –a pesar que no conocía la vida de esos humanos cuando se alejaban de mi jaula– que cuando no venían al zoológico llevaban vidas parecidas a las de los guardianes que nos cuidaban.
Estoy seguro que para ninguno de éstos constituía un placer estar preocupado de mi comida o de limpiar las suciedades de los monos o la fetidez de los leones (¡tan pesados y tan hediondos los pobres!). En su cara reflejaban esa monotonía de su vida, la falta de vitalidad que había en cada uno de sus actos cansinos.
Si a ellos les ocurría aquello, con mayor razón me imaginaba, les ocurría a aquellos que trabajaban en aquellos enormes edificios grises que divisaba a lo lejos.
Por eso estoy seguro que hay algún día en el año en que cada criatura –sea hombre u oso– busca liberarse de todo y hacer lo que se le da la gana.
Además, qué lindo es poder acordarse de las cosas que a uno le gustan y poder sentirlas como si volvieran a ocurrir o estuvieran otra vez al alcance de la mano.
Aquel día yo amanecí así. Desde temprano vi acercarse a los niños y a sus padres a las rejas y decidí permanecer impasible a sus requerimientos. Ni tan siquiera sus galletas me atraían lo suficiente como para abandonar la dulce quietud en que me encontraba.
No bien salió el sol, quedé atrapado en el recuerdo de mi propio mundo. No sé si sería por la forma en que sus rayos inundaron el valle, como largas flechas de luz que traspasaban las nubes de extremo a extremo, o por el reflejo que provocaban en la montaña cubierta de nieve.
El caso es que mi mundo natural amaneció aquel día dentro de mí. Las inmensas estepas blancas, los témpanos navegando como majestuosas naves, el silencio de la hora del alba en que todo calla, el azul del cielo reflejado en el negro profundo de las aguas. Todo parecía aquel día como pegado a mi piel, provocándome la sensación física de su contacto. Pero sobre todo aquel sabor dulceamargo que produce el recuerdo de lo que se tuvo y que se perdió para siempre.
Con el pasar de los días había perdido la noción del tiempo. No estaba en condiciones de decir si eran meses o años los que llevaba prisionero de los hombres. Algunas cosas se habían hecho difusas en el recuerdo, pero otras, en cambio, permanecían vivas como si acabaran de ocurrir.
Tal vez como ninguna otra, el recuerdo de mi primer amor. Porque los osos también sabemos amar.
La verdad es que a veces no sé si fue un amor propiamente tal. Pero prefiero considerarlo así, porque ya nunca más volveré a conocer otro si aquél no lo fue.
Debo confesar, desde ahora, que se trató de un amor mudo. Como deben ser todos los primeros amores. Por cierto que fui yo quien me enamoré tan perdida como secretamente, sin que ella lograra sospechar nada.
Les contaré cómo ocurrió todo y tan sólo con eso me volveré a emocionar.
Acababa de terminar la larga noche y recién nos comenzábamos a acostumbrar al resplandor de nuestro mundo iluminado por lo rayos del Dios de la luz. En esos momentos, después del largo invierno, era necesario comenzar a reconocerlo todo nuevamente.
Como locos corríamos de un lugar a otro, saltando de témpano en témpano, resbalándonos sobre el hielo, rodando por las pendientes.
Reconocíamos los témpanos nuevos, mientras recordábamos, como a viejos conocidos, aquellos que habían desaparecido durante la noche. Nos preguntábamos unos a otros por nuestros amigos y nuestros parientes.
Eran días de euforia y alegría sin límites; con el sabor diempre refrescante de lo nuevo.
En eso andábamos con mis hermanos cuando la vi por primera vez.
No. Para ser exactos, debería decir que la conocía desde antes, pero nunca me había fijado en ella como aquel día. Parecía que con la larga noche se había estado preparando para relucir con el primer rayo del sol.
Era hija de uno de nuestros vecinos. Gente amable y bondadosa como todos los osos. Tal vez era un poco menor que yo, en los tiempos en que cada año cuenta mucho, hasta que, súbitamente, uno comprende que en verdad ya no cuentan.
Muchas veces me ocurrió ese fenómeno. Osas que parecían tan insignificantes en su niñez, de repente son iluminadas de otra forma y se descubre en ellas esa irradiación femenina que lo aprisiona a uno en aceleradas palpitaciones, largos silencios cohibidos y, lo que es peor, balbuceantes torpezas.
Aquella mañana estaba radiante. Tanto más cuanto parecía no haberse percatado del cambio que había experimentado en el invierno.
Desde ese momento perdí por completo mi naturalidad. Me sentía terriblemente ridículo y, por cierto, comencé a cometer todo tipo de ridiculeces.
Cada vez que la veía, iniciaba mi campaña de diparates, aparentando ignorar su presencia.
Sacaba gruesos peces de las aguas y los levantaba como pendones victoriosos, creyendo con ello realizar algo muy original e impresionante.
Otra vez, a voz en cuello, sellé una apuesta de que era capaz de pasar nadando bajo un iceberg que se estacionaba frente a nosotros, y tuvieron que llegar los osos grandes para sacarme casi ahogado.
Promovía todo tipo de competencias, de las cuales por cierto solía salir bastante mal parado, y cuanto gesto llamativo se me ocurría era de inmediato puesto en práctica.
Sin embargo, ella no parecía percatarse de nada. Ninguno de mis heroísmos lograba rendirla llena de admiración a mis pies. Seguía con sus entretenciones de siempre.
Desde aquel día todo fue diferente para mí. El mundo que me rodeaba perdió todo su atractivo si no estaba en función de ella. Los juegos y aventuras, tan largamente ensayados durante la noche, pasaron al olvido.
El único problema que existía para mí era cómo abordarla; cómo conseguir su compañía en alguna aventura donde mi heroísmo pudiera flecharla para siempre; cómo superar mi vergüenza para expresarle mi amor.
Mis mayores esfuerzos estaban en planificar el encuentro que me permitiera abordarla con naturalidad. Por cierto que para ello tenía que parecer casual.
La tarea no era fácil, por cuanto debía, indispensablemente, ser a solas. La soledad era requisito básico, porque no podía ya tener más testigos de mis torpezas ni sufrir el dolor de verme rechazado en presencia de otros.
¡Qué terrible sufrimiento el de aquellos días en que la divisaba venir acercarse y pasar a mi lado y verla seguir, sin haber sido capaz de abordarla!
¡Qué largas horas las de aquellos paseos mientras esperaba la ocasión del encuentro casual!
Difícil resulta explicarse hoy ese intenso fenómeno de los celos. Pero, en aquel entonces, los sufría terriblemente cada vez que la veía jugar con mis amigos y hermanos, saltando de hielo en hielo, lanzándose al agua y saliendo risueña y feliz con un pez entre sus dientes.
Fueron esos varios meses de doloroso ensueño en que nunca fui capaz de expresar mis sentimientos. Largamente se arrastraron aquellos días de luz hasta que llegó la noche y, entonces, el sueño se hizo realidad en nuestro aislamiento invernal.
Cada minuto, cada hora, cada día, cada mes, estaba lleno de ella, esperando el momento en que volviera el Señor de la luz. Entonces sí que todo cambiaría. Esta vez no habría vacilaciones ni titubeos. Todo sería directo y claro. Apenas la luz nos congregara nuevamente me dirigiría hacia ella con decisión de oso fuerte y le comunicaría mis sentimientos. La tomaría de un brazo y la llevaría por los hielos recitándole mi amor.
Todo estaba planificado hasta el último detalle y sólo me quedaba la impaciencia por la lentitud del paso del tiempo. La noche parecía haberse tragado la luz en sus entrañas.
Mis sueños se transformaron en pesadillas, pensando que tal vez nunca más volvería a ser de día. Y todo ello sin poder hacer nada en el largo silencio de la noche ártica.
Sin embargo, el eterno ciclo de los días y las noches no se había roto. Al Dios de las tinieblas sucedió una vez más el Señor de la luz.
Cuando ya la noche comenzó a disiparse y a insinuar la aurora boreal, mis nervios se pusieron tensos y, desgraciadamente, mi aplomo invernal comenzó a mostrar algunas grietas.
Y como siempre ocurre cuando los sueños se enfrentan a la realidad, no bien salió el sol y los osos se reencontraron felices, mi seguridad, tan largamente consolidada en el invierno, se había transformado en el recuerdo de una buena intención.
El suplicio nació nuevamente.
Su belleza había superado los límites de mi imaginación embelezada. Parecía que los inviernos se hubieran hecho para que su encanto y su hermosura pudieran germinar.
No sé, repito, si eso fue el amor. Tampoco, si todos los osos lo sentirán de igual forma. Mucho menos puedo imaginarme cómo podrán quererse los seres humanos.
El caso es que mi único amor, mi amor de juventud, se fue desarrollando entre la desesperación y la vergüenza.
El tiempo parece demostrarme que estaba condenado a esa triste realidad.
Fue en aquellos días de ilusión que volvieron los hombres en su negro témpano y que yo caí en sus redes.
Nunca más volví a ver a aquella maravillosa osita. Hasta hoy me lamento de no haber sido capaz de expresarle mi amor.
Al menos así, tendría la ilusión de que alguien me recordaba en mi ancho mundo.
En un comienzo fue mucho lo que sufrí, y el cautiverio se me hizo doblemente insoportable con el recuerdo de mi amor inconcluso.
Hoy las cosas han cambiado. El tiempo todo lo va borrando y, lo que ayer fue pasión y fuego, hoy no es más que la duda de si fue verdad o tan sólo el sueño de una adolescencia.
Lo que he visto y aprendido me ha dado resignación y paciencia y ahora mi libertad la añoro por otras razones. De mi viejo amor, no queda sino el recuerdo sonriente que deja el tiempo y la bella imagen de lo que pudo ser y no fue.
Pero las cosas lindas de la vida guardan su frescor a pesar del tiempo y mientras más lejanas están y mientras más imposible es su entorno, más van siendo rodeadas de aquel hálito sentimental que incorpora cada ser y cosa de nuestro pasado a una forma de nostálgica sabiduría de vivir.
Por eso soñar despierto es tan hermoso y ello explica que haya decidido aquel día desligarme del mundo que me rodeaba para reconstruir en mi mente aquella evocación de felicidad.
Fue un día sólo para mí. Rodeado de aquello que en mi recuerdo valía la pena de evocar para volver a ser yo mismo.
El sol ya estaba cayendo sobre el valle y un aire frío recordaba la cercanía de las nieves de la montaña cuando logré reincorporarme a la vida cotidiana. Recién, entonces, comprendí que había pasado todo el día en mis nostálgicas meditaciones. Ni siquiera me había acordado de comer.
¡Había recorrido mi ancho mundo y mi corazón había vuelto a palpitar con sus viejas emociones! Cuando me puse de pie sentí el inconfundible sabor de la tristeza en mi boca. ¿Pasará siempre que el primer amor marca su huella así, a pesar del tiempo, de la vida y de lo imposible?
A veces creo que los humanos piensan que los osos no tenemos sentimientos. Por eso no nos respetan nuestra vida, ni nuestro pasado, ni nuestras ilusiones.
Tal vez entre ellos se hagan lo mismo. Pero me parece muy cruel que a alguien se le quite su mundo, se le encierre en una jaula y se le impida vivir como a todos los demás.
Ese día tuve claro que me habían cortado mis raíces con todo lo que era mío. Ya nada podía hacer para realizar los sueños de mi juventud. Mucho menos para pensar que pudiera algún día sentir el amor de una osa.
Sin embargo, aquella noche, mientras escuchaba el rumor de una música lejana, me dormí feliz de haberla tenido junto a mí, tan siquiera en el recuerdo.
Fue muy importante, aquello, para el resto de mi vida entre los hombres.
Mientras tanto, en el zoológico, aquel día los niños deben haberse preguntado por qué el oso polar estaba escondido. O si tal vez estaría enfermo…Nadie hubiera podido suponer que tan sólo estaba de vuelta a mi primer amor.
UN DÍA DE BONDAD
No cabe duda que en la vida las cosas se van aprendiendo de a poco. Por eso en nuestra tierra a los osos viejos se les guardaba un respeto tan profundo.
Aquello que cuando joven me parecía excesivo, a medida que el tiempo también ha ido dejando en mí su huella, he llegado a comprenderlo. No sólo porque así se van acumulando conocimientos, sino que porque nunca se aprenden mejor que cuando se viven en carne propia.
Era imposible que no supiera que existía la bondad. Sobre todo que ya sospechaba que entre el Dios de los hombres y el de los osos, había puntos de notable similitud que algunos hacían suyos.
Pero nunca lo comprendí tan bien como aquel día en que amanecí enfermo.
Todo me dolía aquella mañana y la fuerza parecía haberse fugado de mí durante la noche. Me sentí muy mal, aun cuando sin duda me sentía peor de lo que estaba.
A la hora habitual del aseo de mi jaula, mi aspecto debe haber ya adelantado a todas luces lo que me sucedía, porque llegó a preocupar al guardián. Contraviniendo todos sus hábitos de frialdad, aquella mañana pareció conmoverse y se puso de inmediato a la tarea de aliviar mi situación.
La verdad es que aquél era ciertamente mejor que el anterior, sin embargo, aquella mañana me pareció francamente encantador.
Hice todo lo posible para que mi agradecimiento se expresara en mi mirada. Pero hasta hoy no logro saber si los osos también tenemos esa maravillosa capacidad de los humanos para expresar sus sentimientos en los ojos.
No sé cuánto rato pasó hasta que volvió. Me parecieron siglos, porque nunca el tiempo pasa más lento que cuando se está asustado. El caso es que volvió en algún momento y no lo hizo solo: venía acompañado de un personaje desconocido.
El recién llegado, parecía no sentirse extrañado de entrar a la jaula de un oso enfermo. ¿Se imaginan Uds. la sorpresa que yo tendría si me llevaran a visitar un humano en similar condición?
Demostraba una maquinal capacidad de interiorizarse de los males ajenos. Todos sus gestos eran precisos y claros. Por cierto que no me dirigió la palabra, pensando tal vez que yo no era capaz de entenderlo. ¡No sabía cuán equivocado estaba!
Su solo accionar tuvo el notable efecto de producirme una instantánea tranquilidad. Hecho tanto más significativo cuanto que el señor de marras jamás antes había pisado mi celda.
Esa visita no debía pasar desapercibida. Lo que allí ocurrió tuvo un significado muy importante en mi largo aprendizaje de los hombres.
Se agachó junto a mí y comenzó a estudiarme. Mientras realizaba sus experimentos y mediciones no dejó de hablar en un susurro interminable.
Lo que decía me costó entenderlo en un momento. Repetía una y otra vez el error que había cometido al escoger su profesión. Yo no sabía que los hombres tuvieran algo llamado así, sin embargo su tono era de tal seguridad que me convenció de su verdad.
El problema fue saber, después, si aquello era una presa del cuerpo, un sentimiento, un contrato o…lo que al final supe que era.
Lo que más lo abrumaba en aquellas sordas lamentaciones, era tener siempre que estar al servicio de seres que resultaban incapaces hasta de dar las gracias. ¡Había que adivinarles desde sus sentimientos a sus enfermedades porque no ayudaban en nada! ¿Y cuántos riesgos había que sobrellevar para obtener tan muda respuesta?
Fue aquel monólogo la primera pista que tuve para ir descubriendo la esencia de aquel extraño fenómeno humano que se llama la bondad.
No se olviden amigos, que siempre me ha correspondido conocer los aspectos más perversos de la naturaleza de los humanos. ¿Cómo no sorprenderme, entonces, de que existiera algo así?
Una frase pronunciada por mi providencial benefactor fue aquella que me dio su clave. Por cierto que no en ese momento, sino mucho después. Pero lo importante, es que todo comenzó así.
En medio de su larga letanía, me llamó la atención cuando dijo como resignadamente: “bueno, al menos tengo la gracia de hacer el bien sin que nadie lo sepa y aunque sea una bestia la que lo reciba”.
Al comienzo, me dolió por el desprecio que encerraba. Tampoco el tenía por qué saber lo que yo sabía y pensaba. Pero cuando llegué al fondo del asunto, comprendí que había descubierto algo muy profundo.
Pensándolo bien, no tiene sentido pensar que vale la pena ser bondadoso para que lo sepan los demás. En ese caso resultaría difícil –al menos para mí– llegar a saber hasta dónde llega el esfuerzo realizado y hasta dónde la expectativa de recibir un homenaje de los espectadores. En cambio, cuánta generosidad se necesita para atender a un oso enfermo.
Aquel día comprendí en qué consistía la bondad. Y comprendí, también, que ella sólo se daba en el silencio, como los árboles de la selva o los grandes hielos del mar.
A partir de ese momento, mi sorpresa se convirtió en admiración por esta extraña raza humana capaz, simultáneamente, de crueldad y de abnegación.
Hasta hoy no logro explicarme qué tenían de común ese benéfico visitante de mi enfermedad con los humanos que diezmaban a los habitantes del Polo.
¿Seguían acaso, acercándose el Dios de los hombres y el Dios de los osos? ¿Qué extraña fuerza hacía que los hijos de uno velaran por la vida de los hijos de otro?
Mi reconciliación con esa extraña razón con esa extraña raza era cada día mayor. Por ello me prometí ser cada día más amable con los niños que me visitaban. Me pareció que a ellos también debía enseñárseles a conocer la bondad antes de que fueran atrapados por el mal.
Fue la forma más primaria que encontré para expresar mi convencimiento profundo de que entre yo y ellos existía mucho en común. A partir de ese momento quedaba equilibrado el mal que me habían hecho al arrancarme de los míos con el bien de salvarme la vida.
No podía, entonces, guardar rencores que afectaran a todos por igual. Ya no era tan sólo la amabilidad de los niños que compartían conmigo su comida. Era también algo que llegaba hasta el guardián y sus amigos, cosa que nunca había imaginado antes.
A lo mejor si este pensamiento fuera conocido por los osos de mi tierra, se sorprenderían por mi falta de encono. ¿Acaso no fueron ellos quienes diezmaron las focas y me privaron de mi libertad? ¿Qué gracia tiene, entonces, que después buscaran prolongar una vida que no era más que un trofeo prisionero?
Podría haber sido posible aceptar ese juicio. ¿Pero cómo juzgarlos a todos igual cuando unos nos hacen el bien y otros el mal?
Desde luego siempre vale la pena vivir. Sobre todo si ello va acompañado del derecho y de la libertad de pensar.
Ello es así, aun cuando se sea prisionero de un zoológico. Así se siente aunque se ha estado enfermo y se ha sentido el alivio que permite volver a mirar el sol.
Cuando se ha creído morir, ni las rejas de hierro, por fuertes que sean, son capaces de hacer que al anochecer, no se den gracias a Dios porque existe la bondad entre los hombres.
Saber que la bondad existe ayuda a vivir. En cambio, ¿qué ocurriría si creyéramos que nada hay fuera del mal y la perversión?
A partir de ese momento entendí que los hombres se esforzaran por vivir a pesar de sus ciudades grises, de sus rostros grises, de sus vestidos grises.
Si yo ya conocía a la vieja señora de negro, y a mi extraño visitante, ¿cuántos más habrían fuera de las rejas del zoológico? No cabe duda, al saber que el silencio es el ruido de la bondad; que ella se da secretamente en todos los rincones del mundo de los hombres.
Es posible, por lo que yo conocí, que uno se forme una opinión errada y llegue a creer que sólo la maldad existe. Pero si así fuera, no podríamos sobrevivir ni los animales del zoológico, ni los humanos que pueblan la ciudad gris y el campo de mil colores.
Si así fuera, la vida no valdría la pena de vivirse.
Por eso, creo mi deber dejar como testimonio a los hombres, mi constatación de que la bondad existe. Incluso, aun cuando nadie lo sepa jamás…
LOS MIL ROSTROS DE UN DÍA
Pensándolo bien , no es tan cierto de que se tenga una sola emoción al día. Ni siquiera un solo sentimiento. La vida que se nos va descubriendo a cada instante, no nos permitiría jamás esa facilidad de evasión.
Desde que el sol se levanta sobre las montañas, el día se va haciendo arcoíris de colores cambiantes. Cuando ya se posa en el horizonte, rojo como un gran incendio, todos los colores han ido desarrollando sus tonos sobre la tierra, los árboles y las calles. Y cada color, incluso cada tono, va dejando al descubierto una nueva faceta de las cosas y de la vida.
Cuando miro la cara de los hombres, me entra la duda si lo que digo será cierto. La mayoría de ellos traslucen, tan sólo, una permanente inexpresividad en que el gris va absorbiendo la vida. Desde sus ropas, sus casas, sus calles y, muchos de ellos, hasta en el color de su piel, parecen huir de la alegre sinfonía de la naturaleza. Van adquiriendo de a poco esa tonalidad de los que no tienen nada que decir y tal vez, en el fondo de su mente, piensan que no tienen ya nada que hacer.
Lo que me gusta en cambio de la naturaleza es la posibilidad que abre cada mañana de que todo se repita en una incesante creación. Nunca nada está terminado y siempre todo por hacer. Jamás nada es rutinario y ningún día se repite igual a otro. Y los colores y la luz, son como las señales que van abriendo nuevos caminos y nuevas perspectivas.
Y tampoco, ningún instante es igual al otro. Todos son diferentes y capaces de encarnarse en mil gestos distintos: algunos incluso sorprendentes.
Por eso cuando pienso desde el fondo de mi jaula –y son muchas horas al día– me voy convenciendo de que el mundo está hecho para descubrirlo. De ahí que me abrumen los hombres grises que parecieran haber perdido toda capacidad de sorprenderse ante las cosas; de emocionarse con los gestos y los colores.
De lo que yo recuerdo, a pesar del largo tiempo, es que los osos somos mucho más sensibles a la vida que la mayoría de los hombres que me rodean. Jamás vi uno aburrido de nada y cada día se desarrollaba nuevamente esa maravillosa e inagotable tarea de vivir.
Tampoco creo que nadie haya oído decir nunca que un oso se suicidó. ¿Por qué habría de hacerlo, dejando inconcluso el desafío de tener que vivir al día siguiente?
Tal vez sea porque vivimos en medio de una naturaleza más intensa. Nada se repite jamás en los hielos. Ni los paisajes, ni las olas del mar, ni la ubicación de los peces. Todo cambia y ello obliga a todos a cambiar. En los hielos eternos no existe la rutina.
Pero no se necesita ir tan lejos para sentir las ansias de vivir. Desde mi propio encierro yo percibo el maravilloso cambio de las horas, de los días y las estaciones. Es desde mis barrotes que veo cómo florecen los árboles en la primavera y cómo se van desvaneciendo para su sueño del invierno. Es desde aquí que veo cómo la tierra se hace fuego con el sol del mediodía y se hace escarcha con la luna de la medianoche. Es desde aquí como veo la lluvia que se hace nieve en el invierno y a ésta cuando se hace agua cantarina en la primavera.
No he necesitado salir nunca de mi prisión para comprender todo esto. Me ha bastado tener mis ojos abiertos y atentos para apreciar la belleza del mundo que me rodea.
Tampoco he necesitado salir para percatarme de la maravillosa variedad de los propios humanos.
Así como el día tiene mil tonos que incitan a vivir, el hombre tiene mil rostros que incitan al amor.
Yo lo veo con los niños que se acercan a lanzarme sus pequeños obsequios. No hay uno igual a otro. Todos distintos. Cada uno con alguien atractivo. Todos capaces de despertar un sentimiento.
Es mirándolos a ellos que me pregunto cómo los hombres podrán llegar a ser tan grises cuando están rodeados de niños. Si a mí que soy un oso –y que tengo para con su raza mil razones de agravio– me provocan los sentimientos más tiernos y, a veces, despiertan mi humor dormido.
Los hay para todos los gustos. Los hay gordos y flacos, rubios y morenos, altos y bajos, alegres y tristes, buenos y malos. Pero entre todos van configurando un mundo maravilloso, en el cual priman los sentimientos y la inocencia.
Yo lo veo en aquellos niños, gordos como una manzana, que dudan largo rato entre si darme sus golosinas o sí echárselas en sus amplios carrillos. Los hay en que prima su bondad y abren sus manos, reflejando verdadera desesperación en sus miradas. Y los hay también que no resisten la tentación y terminan comiéndose lo que me habían destinado.
Y yo los veo y me divierto. A veces me emociono al ver cómo la pugna de sus sentimientos se va reflejando en sus rostros.
También los flacos tienen sus gracias. Hay algunos tan disminuidos en su propia integridad que casi me dan ganas de tirarles yo a ellos los restos de mi comida. Sin embargo, llegan corriendo como pequeñas hormigas y casi, como si no toparan el suelo con sus pies, me lanzan sus regalos, simultáneamente, con la continuación de su viaje hacia otras jaulas.
Los que son bonitos dan gusto por su candor y los que son feos dan compasión por su inocencia. Los que son rubios parecen salidos de la montaña y los morenos dan la impresión de venir saliendo del fondo de la tierra.
Y si los niños son variados e imprevisibles, sus padres no lo hacen peor.
A veces son más abigarrados y más cómicos que sus propios hijos.
Sentarse un domingo en la mañana a mirar a los familiares de los niños es un espectáculo maravilloso y lleno de gracia.
Hay padres que trepan las avenidas, con sus hijos al hombro, como si estuvieran en una competencia atlética. En cambio, hay otros que parecieran ir subiendo, cansina y resignadamente, a su propio calvario. No faltan, tampoco, los que se instalan en el primer banco del camino mientras se secan la frente con pañuelos que más bien parecen sudarios.
Los hay con ánimo erudito y flaquezas pedagógicas para con sus críos, mientras que los hay que se sorprenden aún más que sus hijos ante cada cosa que ven.
Algunos parecen venir recién bajando de mundos de ensueño, mientras que otros traslucen su esfuerzo diario para reflotarse hasta la superficie de un mundo agresivo.
Los hay atildados y también desaprensivos en el vestir. Pero ninguno más notorio que aquel que delata su mal gusto con alguna inaceptable combinación de colores en su vestimenta.
Y si todo aquello lo veo desde mi encierro estoy cierto de cuanto más novedoso será todo para ellos cuando se hayan en su propio mundo. Y así y todo, el gris termina predominando en sus rostros tensos.
Es por estas experiencias que he llegado a la conclusión de que el mundo no debiera tener nunca un solo rostro. Que basta con mantener la mente alerta y hacer el esfuerzo de abrir el corazón a quienes lo rodean, para captar los miles de matices que hacen inagotables el mundo de los hombres.
Mientras más pienso en todo esto, más me voy convenciendo de lo maravilloso que es vivir. Aun cuando se esté en prisión, porque nadie puede arrebatarnos nuestra capacidad de ver, pensar y jugar.
He perdido la cuenta del tiempo que llevo dentro de mi jaula. Pero he aprendido mucho y lo que es más sorprendente, sigo aprendiendo. Estoy cada vez más sorprendido de la maravillosa variedad de cada día.
Desgraciadamente, es imposible retener en la memoria los mil rostros de cada uno. Sin embargo, se es muy feliz sólo sabiendo que ellos existen. Y que al día siguiente también existirán, pero otra vez novedosos y cambiantes.
A veces me da miedo de que esto termine en algún momento y, que todas las horas sean idénticas y, lo que sería más triste, que todos los niños se fueran homogeneizando hasta no tener más que un mismo rostro, una misma risa y un mismo reflejo en sus ojos transparentes.
EL LARGO DÍA DE LA LIBERTAD
Nunca podría decir que me resigné a vivir entre rejas. Después de todo, el Dios de los osos no nos creó para eso, sino para gozar de la amplia libertad de los hielos árticos. Pero al final fui capaz de obtener satisfacciones que nunca hubiera imaginado.
No creo que sea por el hecho de estar envejeciendo. Más bien, porque nadie se resigna a pasar su vida inútilmente, a pesar de los dolores y las tragedias que a uno le sean deparadas por el destino.
Podría decir que he logrado encontrar una forma original de felicidad. No aquella que surge de hacer lo que uno desea, sino más bien, aquella más profunda que nace de ser capaz de comprender por qué le ocurren las cosas.
En estos largos años, en que el verde del valle reemplazó los hielos de mi juventud, he aprendido a comprender. Y tal vez, aunque sea extraño, he llegado a conocer a los hombres y a los osos más que ellos mismos. O tal vez más que la mayoría de ellos, porque no deseo caer en ningún tipo de exageraciones.
Es cierto que no puedo afirmar que conozco el mundo de los hombres y, tal vez, no alcancé a conocer tampoco el de los osos. Hay siempre secretos que se guardan para otras edades o que se descubren solamente en otros horizontes. Pero creo, en cambio, haber intuido cosas profundas que nacen de la vida diaria.
Lo he hecho sin tener maestros que siempre facilitan cosa. Tal vez digo mal, porque he tenido aquella maestra serena que es la soledad que permite detenerse en lo que nadie se detiene y analizar aquello que otros, en la premura de cada día, pasan por alto.
A los hombres los fui conociendo, como ustedes saben, a través de las visitas que ellos hacían a mi rincón de confinamiento y a través de los guardias que se sentían los depositarios de nuestra suerte. Y de todas sus grandezas y pequeñeces fue surgiendo esta visión que he querido transmitirles en mis pensamientos.
Pero no he logrado aún transmitirles lo más importante de mis experiencias aquello que me ha dado fuerza para vivir y alegría de estar vivo.
Me cuesta encontrar las palabras adecuadas para expresarlo. (No es la expresión el fuerte de los osos en este mundo). Sin embargo podría tratar de resumirlo diciéndoles que con el paso del tiempo y la comprensión de las cosas uno se va haciendo cada vez más libre.
En un comienzo, todo depende de los demás. La vida, el sustento, la limpieza, la compañía. Pero después aquello comienza a perder importancia. Cada vez más, la seguridad depende de uno mismo y, por lo tanto, se llega a ser más independiente.
Cuando recién caí preso, dependía para todo de mis carceleros. Incluso durante mucho tiempo dependía de quienes se acercaban a mi jaula para sentirme seguro de que aún servía
para algo.
No fueron raros los celos que me causaba el éxito de otros animales que tenían, siempre, sus jaulas rodeadas de niños que los celebraban o hacían ostensibles su admiración. Los monos, los leones, mis compatriotas las focas, las jirafas y el elefante solían acaparar la atención de nuestros visitantes. Y aquello me dolía porque me hacía sentirme más solo.
Pero con el tiempo, todo aquello fue pasando. Mis propios pensamientos alcanzaban más importancia que los gestos de admiración de los que me rodeaban.
Hoy, conociéndonos como los conozco, realmente no me importa. O, para ser más precisos, me importan tan solo en la medida en que me permiten aprender más y seguir pensando mejor.
He logrado independizarme del juicio ajeno y con ello he conquistado mi libertad.
Si me obligaran a opinar, ahora, sobre lo que ella es, tal vez tendría dificultades. No porque haya cambiado de idea en relación a aquella que Dios nos dio para poblar las eternas planicies heladas, sino porque he descubierto nuevos aspectos que antes desconocía.
Algunas veces he llegado a pensar que tal vez soy más libre dentro de mi jaula que lo que son los hombres en el mundo que me rodea.
Cuando los veo con sus rostros grises y sus miradas ausentes, pienso si la realidad no estará trastocada y, si no es mi jaula en un refugio en el mundo de seres incapaces de alcanzar la felicidad.
No creo que así sea. Porque estoy convencido de que Dios hizo el mundo grande para que todos pudieran circular por él. En consecuencia las jaulas no pueden haber nacido de nada bueno.
Pero lo que sí me pregunto, con insistencia, es si acaso no hay otras formas de prisión que no sean las simples rejas de un parque zoológico. Algo extraño debe suceder en el ancho mundo de los humanos para que sus rostros y sus costumbres demuestren tanta tristeza.
Pensándolo mejor, creo que hay diferentes formas de libertad y de opresión. La mía es tan solo una de ellas y posiblemente no la peor, porque al menos no ha logrado destruir mis ganas de vivir.
Por el contrario, he ido desarrollando un progresivo sentimiento de superioridad sobre el mundo que me rodea. Todo me parece ser mucho más profundo y hermoso de lo que transmiten mis propios carceleros y, por lo tanto, debe ser que la verdad no es tan fácil descubrirla como podría aparecer a simple vista.
Saber que la luz del día va develando la existencia de las cosas no es algo que baste con decirlo. Es necesario irlo descubriendo día a día, en cada detalle, tras cada instante.
Contemplar el majestuoso espectáculo de las noches estrelladas, no significa nada si no va acompañado de la sorpresa de descubrir la inmensidad de un orden que nada explica porque sí.
Alegrarse de que tras el invierno venga la primavera y de que ésta sea un mensajero del verano puede ser un simple gesto superficial del que no comprende que la vida cambia con cada estación hasta convertirse en una nueva realidad.
Todo ello me ocurrió, personalmente, en los primeros tiempos de mi prisión. Pero con sólo constatarlo no avancé demasiado. Fue necesario descubrir que tras todo estaba la mano de Dios y que tras él estaba la vida, para que realmente mi simple curiosidad se transformara en pasión de seguir viviendo.
Fue por aquel entonces que comprendí que todas las cosas tenían un afuera y un adentro.
La idea comenzó a germinarme cuando comprendí que mi exterior de oso jamás lograría traslucir mis sentimientos profundos. Fue en los tiempos en que entendí que estaba solo, irremisiblemente, para siempre, después que quise exteriorizar mi simpatía a aquel niño que les relatara.
Sin embargo, a pesar de que por fuera tenía toda la ferocidad de un oso, yo sabía que dentro de mí guardaba sentimientos mucho más hermosos que los de muchos hombres. Desde luego, mejores que los de aquellos que habían traído la tragedia a las focas de mi tierra.
Y aquella idea, nacida de esa comprobación, se fue agregando en mi mente con el correr del tiempo.
Lo que los hombres y su mundo reflejaban hacia fuera no era siempre aquello que los hacía más hermosos ni más buenos. Y las mezclas eran muy variadas. Habían apariencias hermosas que ocultaban feas realidades y exteriores sin belleza que escondían tan sólo las mejores virtudes.
Bastaba, para comprender aquello, con detenerse a contemplar el comportamiento de los niños delante de mi propia jaula.
Cuando me convencí de que aquello era verdad, comprendí, para siempre, que lo más importante era eso que el mundo guardaba en su adentro y no en su afuera.
Por eso comencé a amar la naturaleza. Por eso comencé a amar a los niños. Por eso comencé a pensar que muchos hombres vivían más prisioneros que yo.
Nos es fácil amar la naturaleza, porque cuesta poco confundirla con la rutina. ¿No sale el sol cada día después de la noche y, no llega aquélla cada vez que la luz se escapa por el horizonte? Sin embargo, ¿Cuántos son capaces de recoger las mil diferencias entre cada amanecer y cada crepúsculo?
No es fácil distinguir entre los niños y su bullicio permanente. Todos parecen semejarse como abejas de un mismo panal. ¡Sin embargo, cuán diferentes son entre sí apenas uno se ha detenido un poco en cada uno!
No es fácil saber si guarda más bondad el corazón de un hombre pobre que el de un hombre rico cuando se les ve reaccionar ante sus semejantes. Y sin embargo, ¿no debería ser más hermoso y mejor tenido el que siempre demostraba mayor generosidad en su alma?
Todo aquello parece que los hombres no lo comprenden así. O al menos que les cuesta mucho. Por eso me fui convenciendo, con el esfuerzo de mis observaciones, que estaba descubriendo algo más profundo que aquello que los mismos hombres habían descubierto de sí.
Fue entonces que comencé a creer en una nueva forma de libertad. Aquella que nacía adentro de nosotros, a pesar de las rejas que nos separaran del ancho mundo que Dios nos dio.
No pueden ser realmente libres aquellos que no comprenden la trascendencia de la salida del sol, o que no son capaces de guardar silencio ante la caída de la noche.
Tampoco lo podían ser aquellos que carecían de la capacidad de emocionarse con el multifacético mundo de los niños. Ni menos aquellos que pasaban de largo ante el rostro gris de sus semejantes.
Los que así vivían no habían logrado descubrir la grandeza que había a su alrededor para hacer de ella su propia felicidad.
Si el mundo, sus cosas y sus gentes estaban ahí, era para que cada uno se posesionara de ello y los transformara en energía para vivir. ¿Qué sentido hubiera tenido de otra manera?
Yo creo haberlo comprendido y por eso me siento libre en mi interior.
Ello todavía no lo ha percibido mi guardián, que siente su derecho a vivir fuera de la jaula como una enorme superioridad sobre mí. ¡No se da cuenta, el pobrecito, que yo ya sé mucho más que él sobre sí mismo y su mundo!
Me trata, entonces, en consecuencia. Se siente mi dueño sin percatarse de que ya no es dueño si no de lo menos que soy: mi pobre exterioridad desgastada por el encierro.
Cada mañana cuando entra a cumplir su rutinaria función, creyendo que todo sigue igual, me levanto, interiormente, por sobre él para gozar sintiendo hasta en sus más mínimos detalles las novedades del nuevo día.
No podría ocultar mi sensación de distancia. En mi jaula todo era diferente al día anterior, porque yo había cambiado con las brisas de la noche y con los primeros rayos del sol. Él, sin embargo, no se había percatado de nada a pesar de ser hombre.
Y así iba ocurriendo, cada vez con mayor frecuencia, ante cada gesto de los que me rodeaban. Me parecían ellos superficiales e incoherentes, porque demostraban que no habían entendido la verdad profunda de las cosas.
Para ser libres no basta con tener la posibilidad de moverse por el mundo ni entre sus gentes. Aquello sólo es la forma necesaria para poder ir descubriendo las cosa y los seres más a fondo. Pero en si mismo no representa nada.
La vida del vagabundo o del turista de rutina nada agregan a la libertad. Tan sólo ella se va generando con la posibilidad de ir descubriendo nuevas tierras, nuevas realidades y más gente para alcanzar a comprenderlas en toda su intensidad.
Es ello lo que explica que a pesar de las rejas fuera sintiendo cómo aumentaba mi libertad. Todavía llena de vacíos e imperfecciones, pero haciéndose cada día superior a la de los hombres que me rodeaban.
Nunca he sido enteramente libre, pero he ido conquistando el mundo que me rodea al interior de mi propia consciencia. Y de tal manera ello ha sido tan profundo que nadie logrará ya quitármelo.
¡Qué puede el carcelero en contra de mi consciencia? ¿Qué podría el verdugo ante la evidencia de que yo comprendí la miseria de sus gestos y de sus actos mejor que él? ¿Qué pueden las rejas que me rodean cuando ya descubrí el mundo de los que viven fuera de ellas? ¿Quién puede disputarme la propiedad de los mil detalles de mi cielo y de mi campo?
No sabría decir en qué momento descubrí aquella verdad. Pero desde que lo hice alcancé una profunda tranquilidad. Perdí el miedo de lo que me pudiera ocurrir, porque ya había descubierto el sentido de mi propio destino.
Alguna razón profunda debía haber para que a un oso adolescente como yo, que recién se iniciaba en la vida del amor, hubiera terminado tras las rejas de un zoológico. Y ella no puede ser otra que el destino de haber descubierto que nada podían las rejas contra la verdad que uno está en condiciones de descubrir en el mundo que nos rodea.
Tal vez ello nunca hubiera sido posible en la tierra de los osos. Por ello, era necesario el largo cautiverio, lo que no es raro si se piensa en el enorme esfuerzo y sacrificio que esconde cada verdad que se va descubriendo.
Lo importante, en todo caso, es que desde aquel descubrimiento, mis carceleros perdieron su poder sobre mí. Apenas guardaban la potestad de determinar el destino de mi pellejo.
El resto estaba ya fuera de su control. Jamás podrían volver a determinar mis reacciones frente a la belleza, el amor y la justicia. En cambio, yo podría ser cada día el más implacable juez de sus actos y el censor de sus deficiencias.
Nada sacarían ya con vestirse con el oropel de sus uniformes de servicio, ni calarse sus gorras de poder, ni lanzarme sus donaciones con mala voluntad, o tan siquiera, aparentar el desprecio por mi calidad de oso. Había yo comprendido su verdad profunda y por ello los juzgaba sin que ellos mismos se percataran de ello.
Pueden preguntarme los amigos ¿de qué sirve tan magro consuelo cuando la fuerza está en sus manos y nuestro sentimiento lo desconocen todos? Pero para ello también tengo una respuesta: ¿Es que hay mayor superioridad que comprender el error que otro comete sin percatarse de él?
Cuando se ha descubierto la verdad, ¿de qué sirve a la fuerza destruir sólo la exterioridad? ¿O es que alguien sensato mantendría en su jaula a un oso polar que descubrió ya su debilidad en vez de echarlo a recorrer, nuevamente, los hielos de que vino para no tener testigos de ello?
Cuando descubrí la esencia del mundo de los hombres descubrí, también, su propia debilidad. Fue entonces que supe que nada tenía que temer porque ya había descubierto aquello que me liberaba de sus propias prisiones.
Por eso me siento más perfecto que ellos. Ya la luz, la bondad, la justicia y el amor se han incorporado a mi manera de ser; a mi propia conciencia. Y mientras ellos no lo descubran igual que yo, nunca lograrán dominarme.
Mientras en el mundo de los humanos no se descubra el remedio para terminar con los rostros grises, con los niños pobres de las mañanas de invierno, con la injusticia de una autoridad desproporcionada, de nada servirán las redes, ni las jaulas, ni los látigos, ni los guardianes. Todo ello estará siempre reflejando incomprensión de la bondad de Dios, que nos dio el día y la noche para que supiéramos acrecentar nuestra capacidad de amar a quienes nos rodean.
Ha sido tan solo con mis sentimientos de oso que he llegado a comprender todo esto. Y creo haber descubierto una verdad que es más fuerte que los oscuros témpanos de la muerte, que sus horribles explosiones y que los barrotes de mi jaula.
Pero no puedo haberlo comprendido solamente yo. Estoy cierto que la vieja dama de negro que alimenta a las aves, que el rostro rosado de algunos hombres, y que el ruido lejano de algunas voces lo han descubierto también.
Pero nada parecido a la mirada de los niños para comprender que aquella verdad está a flor de piel en todos los hombres. ¿Por qué extraña razón parecen perderla con el tiempo? No lo sé, pero estoy seguro que algún día la descubrirán y para siempre…
Es aquel día cuando rotos los barrotes y abiertos los corazones, los hombres serán para siempre libres. Y también lo seremos los osos que hayamos comprendido la verdad del mundo que nos rodea.
Mientras ello no ocurra, nada sacarán con mantenernos tras las rejas. Ellas siempre serán más abiertas que el trágico mundo que se esconde más allá de ellas en las grises ciudades que no conocen la alegría de la luz.
Espero ahora que hayan comprendido la extraña cosa de que haya alcanzado mi libertad mientras estaba tras las rejas de una prisión y que aún haya tenido la pretensión de sentirme superior a mis propios carceleros.
Para siempre será libre el que sea capaz de leer el fondo de una mirada, o el reguero de un rayo de sol en el valle, o la primera sombra sobre la blanca nieve de las montañas.
Es la única experiencia real que puedo comunicarles, después de mi alegre y melancólica existencia en la vieja jaula de un zoológico destinado a alegrar la sonriente vida de los niños.
No sé si ustedes estarán de acuerdo conmigo, pero ella bien valía la pena de ser vivida. Nunca dejaré de estar feliz, mientras viva.
Quisiera, también, decirles que nada en esto hay de mérito mío. Todo lo que yo descubrí estaba escrito en los rayos del Señor de la luz, y en el rostro de los mil niños que fueron mis amigos, porque supieron despertar mi amor, aun sin darse cuenta.
NOTICIAS
El día 18 de febrero, en plena efervescencia veraniega, las agencias noticiosas transmitieron la siguiente noticia:
“Guardián Enloquecido:
MUERTO A TIROS OSO DEL ZOOLÓGICO
Capital (Febrero 18). En el día de ayer fue muerto a tiros, en el interior de su jaula, el oso polar del zoológico.
El hecho se registró a primeras horas de la mañana, cuando el sol recién comenzaba a iluminar el Valle Central en el cual está enclavada la capital.
Los antecedentes de lo ocurrido no han sido determinados aún. La Dirección del Parque ordenó el levantamiento de un sumario.
Nuestros reporteros lograron entrevistarse con el señor Misael Gutiérrez, director subrogante, mientras duran las vacaciones del titular, don José Riquelme. El vocero de la gerencia manifestó que no podía entregar datos exactos de lo ocurrido. Sin embargo, se determinó ya que el causante de la muerte del oso fue el cuidador de éste, Lisandro Espinosa.
El citado funcionario que, también hacía un reemplazo en sus funciones, sólo dio como causal de lo ocurrido el hecho de que sentía que el valioso animal se mofaba de él cada vez que entraba a su jaula a cumplir sus obligaciones diarias.
El vocero de la autoridad del Parque Municipal, manifestó que el guardián sería entregado a la policía y que se solicitaría un informe psiquiátrico sobre sus facultades mentales. El desdichado funcionario demostraba un alto grado de nerviosismo y, se limitaba a repetir que “no podía seguir aceptando que el oso lo despreciara”, mientras rehuía a los fotógrafos que trataban de obtener sus tomas.
Interrogados los niños que se agolpaban en torno al foso en que yacía el animal, todos manifestaron su pena. Según los pequeños visitantes este oso gozaba de su especial simpatía por la belleza de su figura y por lo amable de sus gestos.
Una pequeña de humilde aspecto, de más o menos doce años de edad, lloraba desconsoladamente aferrada a los barrotes del cerco. Interrogada por nuestros reporteros, manifestó que guardaba un cariño enorme por su amigo el oso, que era más bueno que muchos hombres. Sorprendentemente, al referirse a él, lo hizo siempre bajo el nombre de Baltazar.
El oso del zoológico había sido apresado hace quince años en las cercanías del Polo Norte, por la expedición canadiense de Christian Warrington.
No obstante el insólito episodio que conmovió la tranquila vida de la comunidad animal del Parque Municipal, el público concurrió masivamente a ese paseo habitual aprovechando la belleza del día que, en forma excepcionalmente luminosa, bañó ayer el verano capitalino.
No se informó de cuándo sería reemplazado el oso polar, que dejó un vacío importante en la colección de animales de nuestro principal zoológico”.
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Horizontes de la crisis universitaria chilena, de Hernán Morales Segura
Planeta web 2.0, de Crsitóbal Cobo y Hugo Pardo
Inteligencia colectiva, de Pierre Levy
Hacia una definición del género de la Ciencia Ficción, de Benedicto González Vargas
La roja insignia del valor, de Stephen Crane
Maggie, una chica de la calle, de Stephen Crane
El bote abierto de Stephen Crane
Boquitas pintadas, de Manuel Puig
Las zapatillas del abuelo, de Joy Watson
El niño con el pijama de rayas, de John Boyne
La novela terrígena, de Mario Verdugo
Rebelión en la granja, de George Orwell
El Conquistador, de Federico Andahazi
La amortajada, de María Luisa Bombal
La Metamorfosis, de Franz Kafka
Hijo de Ladrón, de Manuel Rojas
El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez
El Lazarillo de Tormes, Anónimo
Inés del alma mía, de Isabel Allende
Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar, de Luis Sepúlveda









