Cada día nos percatamos más cómo la tecnología ha ido facilitando la vida de las personas y cómo hoy es posible encontrarla prácticamente en todas las actividades humanas. Las llamadas tics, por lo tanto, aparacen a cada instante dando pie a una fuerte controversia relativa a su mayor o menor uso en Educación, que es el tema central de nuestro blog.
Así las cosas, luego de más de un lustro de uso permanente de nuevas tecnologías como complemento de mis clases, me parece necesario verbalizar algunos criterios que han presidido mi propia aproximación a este fenómeno que, en lo personal, ha cambiado radicalmente mi manera de ver, sentir y ejercer la profesión docente.
Para algunos, entre los cuales no me incluyo, la discusión se ha centrado en comprobar si “existe una correlación importante entre el uso de las tics y el mejoramiento de la calidad de la educación” (1), ello equivale a otorgarle una importancia desmedida en relación con los planes de estudio, el currículo, las metodologías y, por cierto, la actividad docente reflexiva y planificada. No podemos perder de vista que las herramientas tecnológicas sólo son eso: herramientas, y su buen uso depende de la pericia de quien las utiliza. Pretender que ellas hagan el cambio pedagógico que posibilite la mejora en la calidad de la educación es un despropósito superlativo. Las tics, como todas las herramientas, prestan servicios de mayor o menor calidad de acuerdo al uso que les damos y en ello la responsabilidad mayor sigue pasando por el profesionalismo de los docentes.
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