La educación en el siglo XXI

Por allá por 1980 Alvin Toffler nos sorprendía con su libro La Tercera Ola y la idea de la fuerza del cambio. Muchas de sus ideas, palabras y aproximaciones siguen tan vigentes como cuando fueron escritas por vez primera. Aún más, lo que ayer fue una profunda mirada a una realidad que no todos sabían interpretar, es hoy la confirmación , tras casi treinta años de vigencia, de las nuevas formas que va generando nuestra cultura y cómo debemos hacernos cargo de ello.
En mi reciente viaje a Guatemala, cuando conversábamos de innovación, emprendimiento y nuevas tecnologías en el aula, alguien comparó esta actual “revolución tecnológica” con la Revolución Industrial, aunque hay interesantes puntos de comparación, creo que la realidad actual la supera, probablemente estos años en los que nos ha tocado en suerte vivir las generaciones futuras lo marquen como un hito en el desarrollo humano.

En efecto, la multiplicación exponencial de la información que hoy podemos adquirir y mútiples y cada vez más sencillos sistemas para procesarla configuran un cambio que ocurre no solo en medio de una velocidad vertiginosa, como muchos señalan, sino que, además, con una profundidad que muy pocos aún se han percatado. estos dos elementos, velocidad y profundidad, constituyen dos aristas que no debemos olvidar.
Sin embargo, en Educación seguimos con la mirada puesta en el pasado, seguramente porque es más cómodo y no se corren riesgos (aparentemente).
Pero no podemos seguir permanentemente desviando la mirada o escondiendo la cabeza: los procesos actuales de enseñanza – aprendizaje que usamos están muy retrasados, basados muchas veces en teorías decimonónicas o incluso anteriores y en metodologías que, con suerte, se remontan a mediados del siglo pasado y aunque provienen de estrictos constructos científicos sobre las formas de aprender, hoy la ciencia moderna va desmoronando cada una de esas ideas. cuestionando y desconfiando de verdades neuropsicobiológicas tenidas casi por dogma y que hoy ceden ante la abrumadora evidencia de que nuestros niños son distintos a los descritos en los tradicionales libros de texto de formación pedagógica.
Lo peor de todo, como dice en un artículo Marcos Bruna, publicado hace ya más diez años en la Revista Educar (1) tenemos “un modelo de mantenimiento donde se adquieren criterios, reglas y conocimientos fijos aplicados a situaciones estáticas y recurrentes”, cuando el mundo moderno, claramente, ya no es estático y esas baterías de respuestas fijas a problemas fijos son cada día más inútiles. No niego que hayan servido en el pasado, pero actualmente dicha mirada y sus respectivas implementaciones pedagógicas, metodológicas y curriculares solo pueden entrampar el desarrollo de las verdaderas habilidades y competencas que requieren los ciudadanos del siglo XXI.
Es un error creer que por el solo hecho de enseñarles desde las metodologías academicistas cualquier disciplina, por útil que sea, la van a aprender. No por estudiar las ideas de los grandes filósofos aprenderán a pensar y no por reiterar los descubrimientos científicos de los pro-hombres de la ciencia universal, se va a desatar en nuestros niños la pasión y la habilidad de un gran investigador. A lo sumo crearemos memoriones incapaces de adaptar las respuestas cuando haya un pequeño cambio en su repertorio formal. Por el contrario, necesitamos estudiantes que puedan crear conocimiento a partir de lo que saben, que modifiquen los productos que reciben, que hagan algo con sus conocimientos.
Para enfrentar los desafíos de una educación acorde con el siglo XXI necesitamos desarrollar en nuestros alumnos el espíritu crítico, la innovación, la creatividad, el análisis, la síntesis, la capacidad de inferir y sobre todo, la capacidad de adaptarse a la velocidad de los cambios. Es imperativo que adquieran técnicas de investigación, que sean capaces de enfrentar desafíos, trabajar colaborativamente y adquirir potentes herramientas de reflexión metacognitiva y de competencias digitales, todo ello en un marco ético que solo puede lograrse a traves de la autorreflexión, la autonomía y el desarrollo de un espíritu motivado y orientado a ser mejor.
Muchos dirán que no se puede. Yo insisto en que es posible.
Si logramos hacerlo dotaremos a nuestros niños y jóvenes de herramientas para la vida, capaces de ser usadas ante cualquier desafío, dejando atrás las respuestas previsibles de una batería de conocimientos tan añejos como inútiles.

prof. Benedicto González Vargas

3 Respuestas a La educación en el siglo XXI

  1. [...] que todos aspiramos… Nuestro amigo Benedicto nos regala una importante reflexión en su blog a partir de las ideas de Alvin Toffler, futurista que revolucionó el pensamiento social, educativo [...]

  2. Andrea dice:

    Aveces pienso que el espiritu tiene una burbuja cuadrada pantalla plana.
    ya que muchas veces aunque estemos lejos del ordenador o el televisor seguimos pensando en el, en como narramos las historias o en nuestros comentarios sacamos ese tipo de ideas.

    involucrarse en el conocimiento, me gusta esa frase!!!

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