(de Clarissa Pinkola Estés)
Érase una vez hace mucho, mucho tiempo, en la época en que los benditos animales aún podían hablar y los seres humanos aún podían comprender el lenguaje de los animales, un joven abeto que, a pesar de su escasa altura, tenía un espíritu grande.
Vivía en lo más profundo del bosque rodeado por árboles mucho más altos, mucho más majestuosos y mucho más viejos que ninguno de los que hasta entonces se hubiera conocido.
Todos los inviernos, los padres, las madres y los hijos se adentraban en lo más profundo del bosque en viejos trineos de madera. Con gran alegría y regocijo cortaban varios árboles de tamaño mediano y se los llevaban. Los venerables caballos que tiraban de los trineos resoplaban y los cascabeles de sus guarniciones tintineaban. Las risas de los niños y de sus mayores resonaban por todo el bosque.
Sí, el pequeño abeto había oído decir en susurros a los árboles más viejos, a aquellos que eran demasiado altos y demasiado grandes para que los cortaran con el hacha y se los llevaran…pues sí, había oído decir que los árboles que talaban los llevaban a un lugar maravilloso, un lugar que llamaban hogar.
Allí los trataban con gran respeto, eran acariciados por muchas manos y colocados en un agua calmante. Después, decían, toda una familia de personas sonrientes se congregaba a su alrededor. Adornaban el árbol con pequeños y preciosos objetos, pequeñas bolas confeccionadas con cintas y nueces peladas en su interior, galletas azucaradas y otras golosinas. Después encendían unas preciosas velitas y las colocaban en los codos y en los brazos del árbol. Y al final, con sus guirnaldas de caramelo, sartas de frutas y hasta a veces adornos de cristal y espejitos de colores, el árbol se convertía en el huésped más reverenciado de la casa. Era, en efecto, el mayor de los honores que se le puede tributar a un árbol.
Los árboles más viejos, que sabían de estas cosas, aseguraban que para los seres humanos que participaban en ese acto, era un momento de gran alegría, pues unos preciosos chiquillos entraban cantando en la habitación y el fuego ardía en todas las chimeneas e incluso las estrellas del cielo parecían brillar con renovado fulgor.
Según contaban los viejos, se veían por doquier muchachas y muchachos corriendo de un lado a otro y entrando en el salón con toda suerte de alimentos que compartían con todos los demás. Las ancianas se ponían sus mejores delantales blancos. Los viejos se ponían sus mejores trajes negros y los mejores sombreros negros y todas las mujeres lucían sus mejores vestidos negros. Todos los chicos llevaban pantalones que les picaban y las chicas llevaban las faldas más adecuadas para hacer reverencias. Bueno, todo parecía ser absolutamente maravilloso. Y eso soñaba nuestro abeto.
Año tras año, el abeto esperaba que pasara el verano, que llegara el otoño y que, por fin, empezara el ansiado invierno. Cuando sentía el mordisco de los gélidos vientos, se llenaba de júbilo. Era entonces más feliz que nunca, envuelto en su gran capa verde cada año más tupida. Y también cada año, en invierno, regresaban los trineos y los hombres volvían a cortar árboles mientras los niños gritaban y hacían ángeles de nieve en los grandes ventisqueros.
Y, aunque el pequeño abeto era muy tímido, no podía contenerse y cada año gritaba con más atrevimiento: “¡Venid, elegidme mí! Me encanta los niños, me encanta esa famosa fiesta que celebráis. ¡Elegidme! ¡Por favor! ¡Elegidme!”
Pero pasaban los años y nadie lo elegía. A muchos de los arboles del bosque lo rodeaba ya se los habían llevado. Ahora su pariente más próximo se encontraba muy lejos de él y el pequeño abeto se sentía solo, pero a pleono sol fue creciendo y creciendo como jamás había crecido.
Al invierno siguiente, aparecieron de nuevo unos caballos que tiraban de un trineo cargado de alegres niños, en compañía de sus padres. Los caballos pasaron haciendo cabriolas justo por delante del abeto, pues el padre quería echar un vistazo a la espesa arboleda que había más adelante. “Esperad —gritó uno de los niños—. Aquel de allí abajo, el que está solo.” Y el abeto empezó a temblar de esperanza.
“¡Sí! ¡Acercaos un poco más! ¡Elegidme a mí! ¡Por favor!” El abeto trató de ponerse lo más tieso que pudo. Y la familia debió de oírle, pues el trineo se detuvo y los caballos dieron la vuela trotando y regresaron, y muy pronto la familia se abrió paso a través de la nieve para examinar el árbol.
“Mirad que ramas tan fuertes tiene”, gritó un niño con unas preciosas y arreboladas mejillas.
“Mirad que verde y lozano es este árbol”, dijo la madre.
“Sí —dijo el padre—, este no es ni demasiado alto ni demasiado bajo, sino justo lo que necesitamos.”
Y el padre sacó el hacha que guardaba en el trineo. Al primer golpe, el abeto experimentó el dolor más intenso que jamás había sentido en toda su vida.
“Oh —gritó el árbol—, voy a caer.” Y allí mismo se desmayó. El hacha siguió descargando golpes hasta que el árbol quedó separado de sus raíces y se desmoronó en medio de una gran lluvia de nieve.
Más tarde, el abeto fue colocado en la plataforma que avanzaba serpenteando tras el trineo. Los cascabeles de las guarniciones de los caballos tintineaban y el abeto oía las conversaciones y las risas de las personas. Ahora se le estaba empezando a calmar el terrible dolor y, además, recordaba vagamente que se dirigían a un lugar, un lugar importante, un lugar bello y maravilloso, un lugar que había pasado todos los días y los años de su vida deseando ver con toda su alma.
Al final cayó la noche y el trineo con la familia y el árbol en la plataforma de atrás se detuvo frente a una casita cubierta por la nieve. Un anciano y una anciana salieron al nevado exterior y se acercaron al trineo.
“Qué árbol tan bonito, tan alto y tan ancho —dijeron—. Es justo el tamaño apropiado. Justo lo que necesitamos.”
“Bueno —pensó el abeto—, qué agradable resulta ser tan bien recibido. Me pregunto si éste será el lugar al que algunos de mis parientes han estado viniendo a lo largo de todos estos años. Espero volver a verlos muy pronto”.
Los ancianos lo levantaron de la plataforma del trineo con sumo cuidado. Lo admiraron, le dieron palmadas y lo examinaron por todos lados. Colocaron el tronco cortado del árbol en un cubo de agua fría que le alivió mucho el dolor.
Y, cuando apagaron las linternas, el abeto que amaba la oscuridad y la profundidad del bosque empezó a apreciar también la oscuridad de aquella casa. Y aunque estaba acostumbrado a ver todo el cielo estrellado y ahora solo alcanzaba a ver un retazo de cielo nocturno a través del cristal de una pequeña ventana, distinguió una estrella que parpadeaba más que las otras. Y, al verla, el abeto sintió que aún le aguardaban muchas cosas buenas.
Con estos pensamientos, el abeto, al igual que el resto de los moradores de la casa, se durmió profundamente, inmerso en la dicha.
A primera hora de la mañana siguiente, hubo mucho ruido y alboroto, pues todo el mundo se felicitaba, se quejaba y chismorreaba. Alguien sacaba las virutas de madera del cubo dándole golpecitos para luego volver a llenarlo: clunk, clunk, clunk. Los perros entraron a toda prisa soltando pequeños ladridos, después aparecieron los niños, el padre y la madre, los viejos y también otros niños y amigos, todos cargados con gran cantidad de cajas.
El árbol esperó emocionado, conteniendo literalmente la respiración. La gente retiró las tapas de las cajas. Dentro de ellas había adornos de todas clases, formas y tamaños hechos de finísimo cristal. Había guirnaldas de arándanos y velas con papelitos de colores colocadas en el interior de cuencos de cristal.
Todo eso lo colgaron alrededor del árbol. Y después ¡oh, prodigio!, se encendieron docenas de velas, una detrás de la otra, y las colocaron en círculos y espirales cada vez más arriba en las ramas y el abeto se sintió en la gloria.
“Oh, eso es de lo que hablaban los viejos allá en el bosque y mucho más”, exclamó el abeto. Y procuró por todos los medios estirar todavía más las ramas para estar lo más guapo posible. Los niños no dejaban de gritar y correr en círculo a su alrededor mientras los demás tocaban música y cantaban. Qué alegre se sentía el abeto, sobre todo cuando un precioso niños sostenido en brazos por su abuelo colocó una estrella de papel en la rama más alta.
Aquella noche, cuando los niños ya estaban durmiendo y el abeto se moría de sueño , y mientras la luz de aquella estrella tan grande penetraba por la ventana, los mayores entraron sigilosamente en la estancia cargados con regalos envueltos con un bonito y suave papel de color marrón y con trozos de tela cosidos entre sí con brillante hilo de seda de bordar. Sobre la repisa de la chimenea colocaron caballitos, cerditos y patitos y unas vacas hechas con manzanas y naranjas , con unas ramitas clavadas a modo de patas y unos ojos y unas narices grabadas para que pudieran sonreír. Y todo aquello lo habían hecho unas manos llenas de esa clase de amor que ansía sorprender y deleitar a los niños.
A la mañana siguiente, el árbol se despertó sobresaltado cuando los niños entraron corriendo en la estancia entre gritos y exclamaciones.
“Oh, mira qué bonito está el árbol con los regalos debajo”.
Y desenvolvieron los paquetes y sacaron unas lindas muñecas de trapo con unos preciosos bucles hechos con hilo marrón y unos vestidos de ganchillo. Después sacaron unos vagones de tren hechos con trozos de madera y con ruedas que giraban de verdad.
Después tomaron alegremente nueces peladas del abeto y el árbol agitó las ramas, alegrándose de formar íntimamente parte de todo aquello, algo que superaba todos sus sueños.
Bien entrado el día, los niños se quedaron dormidos sobre la alfombra y los mayores hicieron la siesta, e incluso los perros y los gatos se echaron a dormir y a soñar. El árbol pudo entonces reflexionar acerca de su maravilloso destino y de todos los acontecimientos que habían tenido lugar. Y se sintió plenamente dichoso.
Aquella noche, cuando estaban en la cama roncando muy quedos —el perro y el gato así, zzzzz, los niños así, zzzzzz, el padre, la madre y los viejos así, zzzzzz— el árbol también se durmió y soñó con su nueva vida.
Al día siguiente, y al otro, el árbol siguió ocupando con orgullo su sitio en el salón, aunque un poco maltrecho, pues le habían arrancado todas las cintas y la estrella le colgaba de lado sobre un ojo. Pese a ello, al abeto todo le parecía estupendo, incluso cuando vio que casi todos los niños y los mayores subían a sus trineos y se iban. “Bueno, ya volverán esta noche –pensó el abeto–, y volverán a colocar una vez más mi dolorido tronco en agua fría. Volverán a adornarme otra vez y los festejos se reanudarán.
Entonces entró el padre, le arrancó los adornos y los colocó en unas cajas, protegidos con capas de algodón. Después sacó el árbol del cubo de agua y lo sacudió con tal fuerza que todo lo que permanecía escondido entre sus ramas cayó al suelo. Dejó las guirnaldas de arándonos secos en el árbol y lo sacó a rastras del salón.
El abeto, aunque sorprendido ante aquel inesperado maltrato, seguía conservando la esperanza. “Bueno, a ver a qué habitación van a llevarme”. Se imaginó el gozoso proceso de la colocación de los adornos y los regalos mientras los niños brincaban y todo el mundo cantaba de nuevo, y lanzó un suspiro sólo de pensarlo.
Pero el padre arrastró sin contemplaciones al abeto por la escalera de madera que conducía hacia arriba, cuyos peldaños eran cada vez más estrechos conforme iban subiendo. Al final, al llegar al último rellano, el padre abrió una puertecita y, sin ningún miramiento, arrojó el árbol dentro. Alarmado, el abeto preguntó, con lo que a él le pareció un gran grito: “¿Qué significa esta oscuridad?” Pero, al parecer, nadie le escuchó, pues el padre cerró la puerta y volvió a bajar.
En aquel pequeño y frío desván no había más luz que la que penetraba a través de una sola ventanita cubierta de escarcha en el alero de la casa, a través de la cual resplandecía aquella estrella tan grande.
“Qué desgraciado soy –pensó el árbol, al tiempo que se tocaba todas las ramas para ver si se había roto algo–. ¿Qué he hecho yo para que me abandonen en este frío y solitario lugar?”.
Pero nadie lo oyó. Y allí permaneció el abeto durante muchos días y muchas noches.
Cierta noche, sin embargo, el árbol pudo ver con el rabillo del ojo cuatro brillantes puntitos rojos que eran los ojos de dos minúsculas ratas que vivían entre las paredes del desván.
“Oh, –les dijo con dulzura–, oh, señoras mías, ¿sabéis cuándo vendrán a sacarme de este desván para llevarme de nuevo a la habitación especial?”.
La ratita vestida con mono de trabajo y bufanda empezó a reírse:
“¿V-venir a sac-carte y llevarte de nuevo a la habitación especial? Ja ja ja.”
En cambio, la otra ratita vestida con una pequeña falda y un delantal blanco le dio un codazo a su amiga y le dijo con amabilidad:
“Oh, querido árbol, ¿pero, qué dices, acaso no has tenido una vida satisfactoria?”
“Sí”, contestó el árbol, asintiendo tristemente con su copa.
“Ah, ya sé, te creías nacido para este tipo de vida…y que no deseabas cambiarla. Pero…–aquí la ratita le dio una palmada al árbol– todo termina, mi querido árbol, incluso las cosas buenas”.
“¿Esta temporada tiene que quedar atrás entonces?” preguntó el abeto.
“Sí –contestó la ratita, alargando la pata para darle otra palmada al árbol–. Esta temporada ha terminado. Pero ahora empieza otra distinta. Una nueva vida, siempre otra clase de vida viene después de la antigua, ya lo verás.”
Y las dos ratitas se pasaron toda la noche sentadas junto al árbol, contándole cuentos y cantándole las canciones que sabían. Y el abeto les preguntó si les gustaría encaramarse a sus ramas para estar más calentitas y ellas aceptaron de muy buen grado. Y juntos se pasaron toda la oscura noche durmiendo, mientras la gran estrella del otro lado de la ventana se acercaba cada vez más, casi como si estuviera al corriente de la situación y, movida por la compasión, quisiera derramar toda su luz sobre ellos.
A la mañana siguiente, el abeto y las ratitas fueron abruptamente despertados por el ruido de unas fuertes pisadas en la escalera. Las ratitas saltaron de las ramas del abeto.
“Adiós, querido amigo. Acuérdate nosotras, tal como nosotras nos acordaremos de ti y de tu bondad”, dijeron las ratitas que corrieron a esconderse en una grieta de la pared.
“Y yo de vosotras –gritó el abeto–. Me acordaré de vosotras.”
La puerta del desván se abrió con estrépito y el padre, abrigado con un gorro de lana y un gabán, tomó el abeto y lo arrastró escaleras abajo, cruzó la puerta con él y lo llevó hasta el patio. Allí lo dejó apoyado contra un viejo tocón y, alzando una enorme hacha, la dejó caer con todo su peso en medio del árbol, provocando un terrible fragor de la madera al desgarrarse. Al primer golpe, el árbol creyó morir de dolor y, al segundo, se desmayó.
Un buen rato después el abeto se despertó de nuevo en un rincón de la habitación especial y, aunque no era exactamente el mismo de antes, le pareció que sólo le faltaban las hojas y que sus brazos estaban colocados de otra manera, separados de él y troceados. Pero también vio en las sillas que había delante de la chimenea a los dos ancianos que habían cuidado de él al principio, cuando había llegado a la casa desde el bosque. Eran los que tiempo atrás habían aliviado el dolor de su herida con agua fresca. Y allí estaban, arrebujados delante del fuego. A pesar del estado en que se encontraba, el abeto contempló con una sonrisa el amor que reinaba entre ambos.
El viejo se levantó y arrojó uno de los brazos del árbol al fuego y, aunque el principio el abeto opuso resistencia y gritó, no tardó en comprender, mientras las llamas penetraban en su interior, que aquella era su gozosa misión en el mundo: darles calor a seres como aquellos. Oh, qué dicha tan grande ser calentado por dentro por la llama del amor y por fuera por el amor de alguien como él.
El abeto ardía cada vez con más fuerza. “Nunca habría imaginado que fuera capaz de arder con semejante brillo, que pudiera llenar una estancia con semejante calor. Amo a estos viejos con todo mi corazón.” El abeto y todos los nudos de su leña –y de su corazón– estallaron de alegría entre las llamas.
Noche tras noche el abeto se entregaba a aquel acto. Se alegraba tanto de ser útil y de vivir de aquella manera, que siguió ardiendo hasta que no quedaba nada de él, excepto las cenizas que cubrían el suelo del hogar.
Y, mientras los viejos retiraban sus restos, pensó que jamás habría podido imaginar una gloria superior a la que había tenido hasta aquel momento.
Los ancianos tuvieron mucho cuidado y, con sus sabias y viejas manos, barrieron delicadamente todas las cenizas del hogar, y las colocaron en una suave bolsa muy gastada y las guardaron para la primavera.
En cuanto empezó a calentarse la tierra, el viejo y la vieja sacaron la bolsa de las cenizas, salieron a sus huertos y sus campos, y esparcieron cuidadosamente las cenizas del abeto por todas partes, por encima de las parras, y mezclaron las cenizas del abeto con toda su tierra. Con el paso del tiempo, cuando cayeron las lluvias primaverales y empezó a brillar el sol, las cenizas del abeto percibieron una especie de rápido movimiento debajo de ellas.
Aquí y allá, por debajo, entre ellas y su alrededor surgieron minúsculos y brillantes brotes verdes y entonces el abeto esbozó mil sonrisas y lanzó mil suspiros, alegrándose de poder ser útil una vez más.
“Oh, nunca pudiese haber imaginado que pudiera convertirme en ceniza y producir de nuevo semejante vida. Qué gran suerte me ha deparado la vida. Crecí allí arriba, en la soledad del bosque. Más tarde, qué días y noches tan agradables entre el tintinear de los vasos y la luz de las velas y los cantos que aprendí. En mis momentos de soledad y necesidad en la más oscura de todas las noches, me hice amigo de unos seres desconocidos que querían ser una familia y algo más. E, incluso, mientras el fuego me desgarraba, descubrí que podía emitir una luz inmensa y un reconfortante calor desde mi corazón. Qué gran suerte he tenido.
Ah, –suspiró el abeto–, de entre todo lo que se levanta y cae y vuelve a levantarse, sólo el amor a una nueva vida, sólo este amor, es el que perdura. Ahora estoy en todas partes ¿Veis hasta dónde llego?”.
Y aquella noche, mientras la gran estrella atravesaba el cielo nocturno del universo, el abeto descansó en la bendita tierra, muy cerca de todas las raíces y las semillas para darles calor, pues sus cenizas alimentarían para siempre todas las cosas que crecen y éstas, a su vez, alimentarían a otras que, a su vez, alimentarían a otras a lo largo de todas las generaciones futuras.
En aquella generosa tierra de la que él procedía y a la que de nuevo había regresado, durmió profundamente y tuvo muchos sueños, rodeado –como antaño en lo más profundo del bosque– por aquello que es mucho más grande, mucho más majestuoso, mucho más antiguo que ninguna otra cosa que jamás se haya conocido.
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q fantastico elcuento pero bueno es entreenido,para pasar el rato leeyendo y bueno
eso
chao by by nicole
Gracias por tu comentario, Nicole, que bueno que te gustó el cuento.
Benedicto
no megusto el libro es aburido
jajaja si es cierto ta aburrido
Qué lástima que encuentren aburrido un texto tan hermoso, pero los gustos son los gustos y nada que hacer con ello.