Anacaona es uno de esos personajes inolvidables de los tiempos de la conquista española que parece envuelto en un velo de leyenda, romanticismo y hasta misticismo. La altiva y hermosa cacica de Jaragua, que ha pasado a la historia como una soberana amante y preocupada de su pueblo, querida por éste y experta recitadora y (tal vez) creadora de poemas que declamaba en los areítos y dueña de una belleza cautivante es quien le da nombre a esta obra del escritor colombiano Luis Darío Bernal Pinilla. Si uno lee la contraportada, se encuentra con el siguiente relato:
“Desde un costado de la plazoleta, el pueblo acompaña su reina. Anacaona sube los tres escalones que le separan de la plataforma; se ve derrotada pero no vencida, no gime ni se queja. El verdugo se acerca a ella, le coloca la soga en torno al cuello, luego la ayuda a subir a un taburete y templa la cuerda. Anacaona alza la cara por encima del horizonte; contempla a su gente. El verdugo le quita el taburete. El nudo se corre…”
Esta escalofriante relación de la ejecución de la bella reina taína refuerza la convicción de encontrarnos ante una novela que nos revelará, aunque sea ficticiamente, las virtudes, inquietudes y experiencias de esta excepcional figura histórica dominicana. A quienes hemos vivido inventándonos rostros para estos viejos héroes como Caupolicán, Lautaro, Pachacuti, Enriquillo o Anacaona, por solo nombrar algunos, el relato nos resulta mezquino a la hora de referirse a la reina. Sólo los seis primeros breves capítulos nos hablan de ella, destacando tanto su ya proverbial belleza y amabilidad como la ignorancia y bajeza criminal de los españoles Nicolás de Ovando y Alfonso de Torres, verdaderos genocidas del alba de la conquista española.
Sin embargo, tras la muerte de la Princesa Dorada, el relato se centrará en le figura de Torres, en su interés por trepar socialmente, en sus maquinaciones políticas y luego, en la llegada de su familia desde la Metrópoli.
Aquí es donde el autor vuelve a capturar nuestra atención al presentarnos a la escurridiza y dulce hija menor del general español: Lucía, chica de talento vivaz, noble corazón y contagiosa alegría. La pequeña Lucía ha salvado de morir de escorbuto en el barco, gracias a los cuidados del fraile dominico Montecinos y logra llegar a casa de su padre -al que no conocía- casi repuesta. Será el centro de atención de su familia y motivo de orgullo y cuidados especiales. Su muerte, algunos capítulos más adelante seá presentado por el narrado con un paralelismo detonante en la vida de su padre: La pequeña Lucía, ahogada en el río, se confundirá, en los recuerdos del desdichado Alfonso de Torres, con la altiva Anacaona ahorcada años antes. Tan profundo es el cambio, que el viejo victimario, se pasa al bando de la defensa de los indios, gracias a los encendidos sermones de Fray Montecinos y los anhelos de justicia de uno de sus hijos.
Lo que sigue, es un buen pretexto para introducir en el relato a personajes como Enriquillo y Fray Bartolomé de Las Casas, para hablarnos de la brutalidad y la injusticia de la conquista española y para introducirnos, incluso, en las maquinaciones palaciegas de los Habsburgo.
Una novela sin duda interesante y vivaz, apta para lectores jóvenes no muy exgentes desde lo literario, pero interesados en conocer las cultura de nuestros aborígenes.
Sin embargo, para quienes exigimos un poco más de oficio literario, pero sobre todo, una mayor consecuencia entre lo anunciado y lo presentado, la presencia de Anacaona sigue siendo esquiva en esta obra, se impone radiante en los primeros capitulos y luego se desdibuja hasta diluirse por completo con los nuevos héroes potenciados hacia el final del relato: los monjes dominicos.
Novela entretenida que asegura una tarde de buena lectura y un creúsculo pegado al internet para ver si es posible capturar más datos sobre la hermosa y malograda Princesa Dorada de Jaragua.
prof. Benedicto González Vargas
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este libro es una pesadilla nada que ver este libro
Estimada Lina,
siempre que uno opina sobre algo, hay que entregar argumentos, de esa manera podemos validar un comentario, porque es fundado. Cuando uno da opiniones sin base, la opinión carece de validez y reconocimiento.
Espero tus argumentos,
prof. Benedicto González Vargas
estimado prof. Benedicto Bonzáles Vargas.
Le escribo con la intención de saber su opinión sobre el tema que plantea el Fray Antonio Montesinos y Bartolomé de la Casas sobre la destrucción y vulneración de los derechos de los indígenas a la llegado y conquistada por parte de los españoles, cual es su visión que a su parecer debería haber tomado el Clero y la Corona, desde ya muchas gracias.
Atte. Felipe Aguilera Navarrete.
Estimado Felipe
Aunque puede haber diferencias locales entre los conquistadores que se desplegaron desde América del Norte hasta la Patagonia, la verdad es que la mayoría fue parte de un asesinato cultural, ahogando las culturas locales y reemplazándolas, por vía obligatoria, por sus propias concepciones de mundo. No critico ello porque el contexto de la época lo explica claramente. Pero no puedo desconocerlo.
El Clero, por su parte, tuvo la actitud normal para la época. No había mucha diferencia entre un indígena americano y un judío o musulmán español. Pocos valientes como Fray Bartolomé de las Casas o Luis de Valdivia debieron enfrentar duros momentos con sus propias órdenes religiosas.
En definitiva, es difícil estar contra el mundo, aunque las convicciones morales impelan tomar otras conductas, el temor, el acomodo y la desidia, suelen imponerse.
Saludos,
Benedicto