Un día en la vida de Iván Denisovich (de Alexander Solzhenitzyn)


Leí por primera vez este libro hace mucho tiempo, fue por allá por 1980, cuando apenas tenía 15 y leía casi todo lo que caía en mis manos, sin discriminar mucho entre gustos, autores o ideologías, incluso.
Con afanes algo intelectuales, luego de tres o cuatro años de universidad, repetí su lectura unos seis años después. La efervescencia política era grande en Chile y no podía sustraerse uno al mensaje de denuncia de la obra en comento. Más aún si en la universidad había tenido ya varios enfrentamientos con el mundo “progresista” por ese incomprensible afán de quemar bancos, cerrar con candado las salas e impedirnos tener clases normales a quienes no estábamos de acuerdo con su lucha violenta, ideologizada y desprovista de intereses académicos. No me perdonaba la izquierda querer estudiar y me tildaron con todos los sobrenombres posibles, aunque podían reducirse a uno: “fascista”.
Mi lectura del Iván Denisovich en esa época se tiñó, por tanto, de mis malas relaciones con la izquierda universitaria.

Hace pocos días, al quitar un poco de polvo de mi biblioteca (nunca todo el polvo, pues algo de venerable tiene aquel que se acumula en la paciencia de los libros), se me apareció el rojo tomo publicado en 1963 por Luis Caralt en Barcelona.
La relectura me reveló mundos nuevos que vale la pena compartir.
Es distinto leer el Iván denisovich cuando ya ha terminado la Guerra Fría. Adquiere otra dimensión la lectura de esta novela realista cuando ya no existen ni el Muro de Berlín, ni la Unión Soviética, ni los campos de concentración del Gulag.
Se levanta, entonces, una nueva dimensión en esta obra que la hace, en justicia, ubicarse entre las indispensables de todo buen lector.
Como recordarán Shukov (Iván Denisovich), joven oficial del ejército rojo, cae prisionero de su propio país al volver de una misión en tierras alemanas. De nada le vale el esfuerzo desplegado en la guerra, es encontrado culpable y enviado a un campo de concentración donde será vejado, mal alimentado y obligado a ejecutar trabajos forzados, convirtiendo su vida en apenas una supervivencia.
Aquí es donde, a mi juicio, se alza la gran enseñanza de esta obra: la búsqueda y encuentro de la más genuina dignidad humana. Todo está en contra del pobre Shukov: su injusta condena y el maltrato a que es sometido podrían, en un espíritu de menor altura, minar sus esfuerzos por vivir y por conservar la dignidad humana pero el lo mantiene aún a costa de ingenio y sacrificio enormes.
Desde el no perder nunca la esperanza, el nunca entregarse a la bota que pisotea y humilla, el encontrar en todo momento algo que hacer para sentirse vivo, el recoger y guardar cada cosa que pueda ser útil para sobrevivir -aguzando con ello el ingenio y la volunta-, hasta detalles mínimos como quitarse siempre el sombrero antes de comer o no lamer el plato como sus compañeros de prisión, son las herramientas que Denisovich encuentra para mantenerse firme, erguido, convertido en un ser humano en medio de las bestias de sus carceleros y los despojos espirituales de sus camaradas de presidio.
Pero no sólo de dignidad habla este libro, también de solidaridad. Una solidaridad que es más alta aún porque proviene de quien tiene poco y nada y, sin embargo, ofrece a quienes tienen menos parte de sus escasos tesoros.
Al terminar el día, Iván Denisovich estaba casi contento, más aún, casi feliz. Había comprado tabaco, había encontrado una hoja de sierra, no había sido castigado y había mejorado algo de su enfermedad. Es más, se agenció algo de ración extra de alimentos.
¿Y qué hace este hombre digno y solidario? releamos casi al final de la novela, cuando cae la noche y todos deben ir a las barracas a dormir:
“Apareció Alioska, una calamidad de hombre, servicial con todos, pero incapaz de procurarse una ganancia extra.
-¡Toma, Alioska! -le dio un bollo.
Alioska sonrió.
-¡Gracias!, ¡pero si Ud. mismo no tiene…!
-¡¡Come!! Yo no tengo, cierto…pero siempre nos arreglamos de algún modo.
¡Y ahora la rodaja de embutido a la boca! ¡Morderla! ¡Masticarla! ¡Sabor de carne! ¡Y verdadero jugo de carne! Ya lo tenía en la tripa.
Se acabó el embutido.
El resto, decidió Shukov, para mañana antes de diana. Se cubrió la cabeza con la manta, zquella manta deshilachada y sucia, sin oir ya como se llenaban los pasillos entre las yacijas de presos procedentes del otro lado, para el control.
Shukov se durmió completamente satisfecho. El día de hoy había sido un éxito para él…”

¿Cuántos pueden tener, al dormirse esa sensación?
Y eso que no vivimos en el Gulag ni sufrimos por nuestra libertad.
La verdad es que muchos años después de mi primera lectura, Un día en la vida de Ivan denisovich aún me sigue dando lecciones de vida, más grandes y relevantes, incluso, que antes.
Es que ya no lo leo como propaganda política o relato de denuncia. Ahora es una obra literaria que me habla del inagotable tema de la dignidad humana.

prof. Benedicto González Vargas
Miembro de Atinachile y del Club de la lectura

Otros comentarios de libros:

El Ocho (de Katherine Neville)

Juanilla, Juanillo y la abuela, de Alicia Morel

Donde el corazón te lleve, de Susanna Tamaro

Akhenatón, de Naguib Mahfouz

En el centro de tu nombre, de Juan Antonio Massone

El Jardinero Fiel, de Clarissa Pinkola Estés.

Los hijos de Selene, de Ralph Barby

Gracia y el Forastero (de Guillermo Blanco)


Escucha mi voz (de Susanna Tamaro)

Los Hijos de la Luz (de César vidal)

Fuego bajo la nieve (de Palden Gyatso)

6 Respuestas a Un día en la vida de Iván Denisovich (de Alexander Solzhenitzyn)

  1. Jorge Ramírez Zavaler dice:

    Interesante

    Enviado por Jorge Ramírez Zavaler el 01/04/2008 a las 14:33

    Interesante punto de vista. Uno tiende a pensar que estas obras tan cercanas a la realidad politica del momento pasan de moda. Pero es interesante el punto de vista propuesto.

  2. Yo también me sorprendí

    Enviado por Benedicto el 14/04/2008 a las 17:05

    de encontrar esta alternativa de lectura, que refleja, por cierto, el valor literario de la obra.

    Gracias por tu comentario,
    prof. Benedicto González Vargas

  3. adriano dice:

    Si, un libro único porque cambia la mente de aquel que lo lee.
    Al mismo tiempo que lo lees, comparas y surgen preguntas inauditas:
    ¿Cómo es posible esto?: los supermercados a reventar, ordenadores por doquier, coches a saco, mi móvil es mejor que el tuyo,…mañana me emborracho, tengo depresión porque me quedo calvo. Esta masificación ¿cómo se mantiene?, ¿Son sólidas sus bases?. Cualquier día esta abundancia podría venirse gradualmente abajo… la vida es longeva, quién sabe si volverán los tiempos del archipiélago. Un libro terapeutico porque recuerda el valor de las cosas sencillas, al contrario del mundo consumista, que hace perder la ilusión por lo básico, la base de la felicidad.

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