Una mirada propositiva respecto de la Evaluación

Ya se acabó el año escolar y, como suele ocurrirnos, al cansancio acumulado, a los sobrecargados días del cierre de año, a la tensión que nos transmiten o contagian estudiantes y apoderados, se suman los en ocasiones estresantes consejos de profesores de curso donde, en muchos casos, se decide la suerte de no pocos estudiantes.
Conversando sobre este tema con colegas de varios establecimientos educacionales, de distinta índole y de variados lugares –incluso de fuera del país–, me percato que a todos los elementos mencionados se viene a unir otro que no deja indiferente a nadie: la evaluación del año.
No son pocos los colegas que ven en este proceso (absolutamente necesario en mi opinión) un foco más de graves tensiones pues sienten que la mentada evaluación que suelen hacer de ellos los directivos docentes es una suerte de juicio, no siempre muy objetivo, donde las oportunidades de éxito son tan infinitamente menores que las de fracaso, que lograr un buen resultado se parece mucho a un premio de lotería.
¿Es tan así? ¿Debe ser así?
Si así ocurre, quiere decir que no hemos entendido nada respecto de la necesidad y dinámica de los procesos evaluativos.
Dejando de lado a los estudiantes (que suelen sentirse igual y tener las mismas quejas), pareciera que en muchas partes la evaluación se centra solo en la labor de los docentes y los puntos que se consideran (casi con igual ponderación) son tan extensos que van desde el porcentaje de aprobación de sus alumnos, hasta la cantidad de detalles registrados en el libro de clases, pasando, por cierto, por la subjetiva evaluación del aporte personal al “clima laboral”.
Tal vez esto se explique porque no se ha sabido transmitir adecuadamente la importancia de evaluar permanentemente nuestra labor profesional y ver en ella la oportunidad de recibir información útil para aprovecharla en el futuro. También puede ocurrir que, en algunos casos, estemos ante una evaluación francamente mal implementada.
¿Qué debemos evaluar? Todo. Así de simple y así de claro. Ello implica que no puede haber un proceso evaluativo serio si:
a) Sólo evaluamos a los profesores e, incluso en este caso, obviando o minimizando los medios con los que cuentan, las condiciones en las que trabajan y los márgenes reales de autonomía que poseen.
b) Sólo evaluamos los resultados académicos en relación. con el impersonal ideal pretendido o demarcado a principios de año.
c) Sólo se remarca lo negativo, olvidando que nadie “puede hacer todo mal”.
d) Se evalúa cuantitativa, extemporánea y descontextualizadamente. Los aspectos cualitativos de la función realizada, el seguimiento permanente del proceso académico y la negación de las diferencias casuísticas derriban cualquiera aproximación seria a la labor docente.
e) Se evalúa a través de instrumentos inadecuados.
f) Se evalúa competitivamente, torciendo las ventajas del estímulo pertinente, lo que genera rivalidades, frustraciones y sensaciones de injusticia de difícil absorción.
g) Se evalúa estereotipadamente, a partir de un ideal fijo, a menudo inexistente, y de acuerdo a las propias imágenes personales del evaluador.
h) Se evalúa unidireccionalmente (en forma descendente, claro está).
i) Se evalúa para controlar y conservar. No para recibir información y aprovecharla para ajustar, potenciar, eliminar o modificar los procesos institucionales en marcha.
j) Si no hay autoevaluación ni metaevaluación (evaluación de la evaluación). Al año siguiente se mantendrán los mismos parámetros.
k) Poner la evaluación como un fin, no como un medio. Esto equivale a darle importancia al acto de evaluar, pero no a la evaluación misma (lo importante no es la evaluación sino mostrar que se evalúa)
l) La evaluación la hacen personas no calificadas para evaluar. Lo que es muy grave, porque conlleva un problema ético de fondo. Cuando en algunas instituciones evalúa quien antes ejerció cargos docentes y ahora directivos y no puso entre sus prioridades una preparación académica para ello, tenderá a corregir con excesivo rigor en otros, lo que en sus antiguas prácticas era deficitario.
La evaluación, en mi opinión, ha de ser un proceso de diálogo permanente, de comprensión y mejora. Indudablemente la tarea del evaluador es difícil, debe decir lo que ha evaluado y nunca hay “mejor manera” de decir lo que está mal. Quien reciba una opinión negativa y no vea en ello la oportunidad de mejorar, se sentirá igual de afectado cualquiera sea “el tono”, “ la forma”, “la oportunidad”, etc., en que se le dice (es común la queja de que “se podría decir lo mismo de mejor modo”, pero la experiencia indica que ante una evaluación que provoca frustración, siempre estamos más dispuestos a recibirla mal).
¿Qué hacer entonces?
Dejar de ver los procesos evaluativos como si fueran estrategias bélicas y abrir las puertas al trabajo en equipo, a la valoración de la innovación y la creatividad, de los puntos de vistas divergentes, de la experimentación a través del ensayo y error. Es necesario tener claridad en los indicadores previos, regular (no eliminar) la tensión de los procesos evaluativos y entender que la evaluación tiene como legítimos usos el diagnóstico, la intervención para mejorar, la selección, la jerarquización y la adaptación de todos y cada uno de los recursos involucrados en nuestra tarea profesional.
No es fácil, por cierto hacerlo. Llevamos años de prácticas equívocas. Se requiere liderazgo académico significativo tanto de los docentes de aula, como de los docentes directivos y, con altas cuotas de profesionalismo creciente, podremos superar la nefasta sensación expresada al inicio de este artículo que, por otra parte, bien podría titularse, “como pecas, pagas”.
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prof. Benedicto González Vargas
Artículo publicado originalmente en Revista La Campana, Nº 4, diciembre de 2007.



Enero 1, 2008 a las 3:45 pm
Me parece que es súper importante la evaluación en todos los aspectos: introspectiva, de los pares, del sistema, tus jefes etc. La pregunta es si todos estos entes, incluyéndonos nosotros mismos, estamos en condiciones objetivas de calificarnos. Claramente nos encontramos con todos los extremos: jefes que se “desquitan” y evalúan tomando en cuento simpatías personales y no el desempeño docente y por otra parte, profesores que se auto califican con un desempeño destacado y por dios… dejan mucho que desear. Me parece que la discusión hay que céntrala primero en nuestra propia reflexión sobre la practica docente
Enero 3, 2008 a las 2:46 pm
El tema de la evaluación invade todos los ámbitos de la vida, trasciende los espacios escolares. Todos quieren saber cómo se desempeñan y si lo que hacen tienen el rigor requerido.
Pero en este sentido, lo más importante no es hacer la evaluación, sino los que toman parte en este proceso y la contribución de cada uno a la calidad que este proceso requiere, sobre todo la presencia de profesores y estudiantes, donde ambos son evaluados y evaluadores.
Enero 14, 2008 a las 9:03 pm
Simone
Plenamente de acuerdo, las fallas que mencionas y que son muy ciertas, cruzan todo el espectro y por cierto los docentes no estamos excentos de ellas. Solo la propia reflexión, la autocrítica y la autoevaluación sincera, nos permitirán “darnos cuenta” de nuestro verdadero hacer.
Gracias por comentar.
Estimado Danilo:
En efecto, la evaluación lo cruza todo y no solo en Educación, sino en cualquier actividad que emprendamos. Entender el proceso evaluativo como un aporte personal es un gran avance para responsabilizarnos con nuestras labores.
Con afecto,
Benedicto
Enero 14, 2008 a las 9:34 pm
Comentando con Benedicto
Enviado por Maria el 31/12/2007 a las 04:21 PM
Donde estoy yo evaluan todo tanto las faltas justificadas o no justificadas la puntuali
dad , el interes la limpieza y las clases prácticas y las teóricas y como te comportas
con los demas la empatia , como te relacionas con los demas vamos todo las cla
ses prácticas igual primero nos vacunaron para todo par la hepatitis la polio y toda
clase de infecciones hospitalarias ,
te deseo de todo corazon un muy muy feliz año nuevo
Enero 14, 2008 a las 9:35 pm
María, Gracias por tus buenos deseos
Enviado por Benedicto el 11/01/2008 a las 10:57 PM
Como digo en el artículo, yo estoy de acuerdo con evaluarlo todo, pero también a todos, en todas direcciones, de manera horizontal y de manera vertical ascendente. La injusticia es evaluar solo al profesor de aula.
Un abrazo,
prof. Benedicto González Vargas
Enero 14, 2008 a las 9:37 pm
Hola Benedicto
Enviado por netoli el 31/12/2007 a las 05:42 PM
Como siempre, post interesantísimos que abordan lo que debería ser fundamental en todo país: la educación. Y por cierto, la evaluación es uno de sus elementos fundamentales. Todo debería ser evaluado, pero bien. Difícilmente sentiremos que una evaluación fue justa, debido a los elementos subjetivos que ella conlleva. Creo que debemos confiar en nuestros directivos, en su experiencia, pero poniéndome a la altura del post, creo que deben mejorarse los instrumentos de evaluación docente, ya que todavía ellos no logran responder a lo que se espera. Me explico, muchas veces una evaluación no muestra o no da respuesta del tipo de profesional que se es Porque ¿Cómo es posible que un docente que presenta serias falencias metodológicas y de rigurosidad conceptual haya sacado la excelencia académica en el aep? Es ahí donde la duda tiene lugar y se comienza a desconfiar de los procesos evaluativos. En todo caso concuerdo con mucho de tu post.
Gracias por la paciencia de leerme. Te deseo un feliz 2008.
Enero 14, 2008 a las 9:45 pm
Netoli, querida,
Enviado por Benedicto el 11/01/2008 a las 10:59 PM
No hay ningún ejercicio de paciencia en leerte, todo lo contrario, es un placer. Respecto de las fallas en los instrumentos, tienes razón, en todo caso, el AEP es, en general, confiable, aunque no infalible. Hay espacios para engañarlo.
Ánimo, amiga mía y feliz año 2008!!!
prof. Benedicto González Vargas
Enero 14, 2008 a las 9:46 pm
Gracias Benedicto!
Enviado por netoli el 11/01/2008 a las 11:57 PM
Feliz 2008 para ti también y que sea un año excelente para compartir experiencias, descubrir nuevos rumbos y seguir en esto, siempre mirando hacia arriba sin olvidar el entorno. Un abrazo!
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dum fata sinut vivite laeti