Un viejecito de barba larga y blanca, bigotes enrubiecidos por la nicotina, manta roja, zapatos de taco alto, sombrero de pita y un canasto al brazo, se acercaba, se alejaba y volvía tímidamente a la puerta del cuartel. Quiso interrogar al centinela, pero el soldado le cortó la palabra en la boca, con el grito:
-¡Cabo de guardia!
El suboficial apareció de un salto en la puerta, como si hubiera estado en acecho.
Interrogado con la vista y con un movimiento de la cabeza hacia arriba, el desconocido habló:
-¿Estará mi hijo?
El cabo soltó la risa. El centinela permaneció impasible, frío como una estatua de sal.
-El regimiento tiene trescientos hijos; falta saber el nombre del suyo repuso el suboficial.
-Manuel… Manuel Zapata, señor.
El cabo arrugó la frente y repitió, registrando su memoria:
-¿Manuel Zapata…? ¿Manuel Zapata…?
Y con tono seguro:
-No conozco ningún soldado de ese nombre.
El paisano se irguió orgulloso sobre las gruesas suelas de sus zapatos, y sonriendo irónicamente:
-¡Pero si no es soldado! Mi hijo es oficial, oficial de línea…
El trompeta, que desde el cuerpo de guardia oía la conversación, se acercó, codeó al cabo, diciéndole por lo bajo:
-Es el nuevo, el recién salido de la Escuela.
-¡Diablos! El que nos palabrea tanto…
El cabo envolvió al hombre en una mirada investigadora y, como lo encontró pobre, no se atrevió a invitarlo al casino de oficiales. Lo hizo pasar al cuerpo de guardia.
El viejecito se sentó sobre un banco de madera y dejó su canasto al lado, al alcance de su mano. Los soldados se acercaron, dirigiendo miradas curiosas al campesino e interesadas al canasto. Un canasto chico, cubierto con un pedazo de saco. Por debajo de la tapa de lona empezó a picotear, primero, y a asomar la cabeza después, una gallina de cresta roja y pico negro abierto por el calor.
Al verla, los soldados palmotearon y gritaron como niños:
-¡Cazuela! ¡Cazuela!
El paisano, nervioso por la idea de ver a su hijo, agitado con la vista de tantas armas, reía sin motivo y lanzaba atropelladamente sus pensamientos.
-¡Ja, ja, ja!… Sí, Cazuela…, pero para mi niño.
Y con su cara sombreada por una ráfaga de pesar, agregó:
-¡Cinco años sin verlo…!
Mas alegre rascándose detrás de la oreja:
-No quería venirse a este pueblo. Mi patrón lo hizo militar. ¡Ja, ja, ja…!
Uno de guardia, pesado y tieso por la bandolera, el cinturón y el sable, fue a llamar al teniente.
Estaba en el picadero, frente a las tropas en descanso, entre un grupo de oficiales. Era chico, moreno, grueso, de vulgar aspecto.
El soldado se cuadró, levantando tierra con sus pies al juntar los tacos de sus botas, y dijo:
-Lo buscan…, mi teniente.
No sé por qué fenómeno del pensamiento, la encogida figura de su padre relampagueó en su mente.
Alzó la cabeza y habló fuerte, con tono despectivo, de modo que oyeran sus camaradas:
-En este pueblo…, no conozco a nadie…
El soldado dio detalles no pedidos:
-Es un hombrecito arrugado, con manta… Viene de lejos. Trae un canastito…
Rojo, mareado por el orgullo, llevó la mano a la visera:
-Está bien… ¡Retírese!
La malicia brilló en la cara de los oficiales. Miraron a Zapata… Y como éste no pudo soportar el peso de tantos ojos interrogativos, bajó la cabeza, tosió, encendió un cigarrillo, y empezó a rayar el suelo con la contera de su sable.
A los cinco minutos vino otro de guardia. Un conscripto muy sencillo, muy recluta, que parecía caricatura de la posición de firmes.
A cuatro pasos de distancia le gritó, aleteando con los brazos como un pollo:
-¡Lo buscan, mi teniente! Un hombrecito del campo… dice que es el padre de su mercé…
Sin corregir la falta de tratamiento del subalterno, arrojó el cigarro, lo pisó con furia, y repuso:
-¡Váyase! Ya voy.
Y para no entrar en explicaciones, se fue a las pesebreras.
El oficial de guardia, molesto con la insistencia del viejo, insistencia que el sargento le anunciaba cada cinco minutos, fue a ver a Zapata. Mientras tanto, el padre, a quien los años habían tornado el corazón de hombre en el de niño, cada vez más nervioso, quedó con el oído atento. Al menor ruido, miraba afuera y estiraba el cuello, arrugado y rojo como cuello de pavo. Todo paso lo hacía temblar de emoción, creyendo que su hijo venía a abrazarlo, a contarle su nueva vida, a mostrarle sus armas, sus arreos, sus caballos…
El oficial de guardia encontró a Zapata simulando inspeccionar las caballerizas. Le dijo, secamente, sin preámbulos:
-Te buscan… Dicen que es tu padre.
Zapata, desviando la mirada, no contestó.
-Está en el cuerpo de guardia… No quiere moverse.
Zapata golpeó el suelo con el pie, se mordió los labios con furia, y fue allá.
Al entrar, un soldado gritó:
-¡Atenciooón!
La tropa se levantó rápida como un resorte. Y la sala se llenó con ruido de sables, movimientos de pies y golpes de taco.
El viejecito, deslumbrado con los honores que le hacían a su hijo, sin acordarse del canasto y de la gallina, con los brazos extendidos, salió a su encuentro. Sonreía con su cara de piel quebrada como corteza de árbol viejo. Temblando de placer, gritó:
-¡Mañungo!, ¡Mañunguito…!
El oficial lo saludó fríamente.
Al campesino se le cayeron los brazos. Le palpitaban los músculos de la cara.
El teniente lo sacó con disimulo del cuartel. En la calle le sopló al oído:
-¡Qué ocurrencia la suya…! ¡Venir a verme…! Tengo servicio… No puedo salir.
Y se entró bruscamente.
Yl campesino volvió a la guardia, desconcertado, tembloroso.
Hizo un esfuerzo, sacó la gallina del canasto y se la dio al sargento.
-Tome: para ustedes, para ustedes solos.
Dijo adiós y se fue arrastrando los pies, pesados por el desengaño. Pero desde la puerta se volvió para agregar, con lágrimas en los ojos:
-Al niño le gusta mucho la pechuga. ¡Denle un pedacito…!.







Junio 17, 2007 a las 5:24 am |
Si se me permitiera un título alternativo, sería “La ingratitud”.
Excelente relato; tierno y duro a la vez.
Saludos.
Junio 17, 2007 a las 3:58 pm |
Gracias por comentar, Angus, esta historia es un clásico de la narrativa chilena y suele recordarse en el Día del Padre, porque los hijos, a veces, no nos damos cuenta del real valor que tienen nuestros queridos viejos, todos pasamos por esas etapas, pero hay que darse cuenta y superarlas pronto.
Un abrazo a la distancia,
Benedicto
Junio 20, 2007 a las 11:16 pm |
Algunos
Enviado por Carlos Duarte el 17/06/2007 a las 03:14 PM
Algunos cuentos me han impresionado de fondo, éste que citas es uno de ellos. Otro (cuyo autor no recuerdo) se refiere a una niñita de 5 añitos que jugando le rayó la puerta del auto nuevo al papá. El padre, encolerizado, le pegó con tanta saña en las manitos que tuvieron que amputárselas. Después, con sus muñoncitos vendados, la niñita le pedía llorando a su padre “Papito, ya aprendí la lección. Nunca más tocaré tu auto. Devuélveme las manitos, por favor”.
Hay hijos de puta en este mundo ¿no?
Junio 20, 2007 a las 11:17 pm |
Hermoso cuento
Enviado por Shyvy el 17/06/2007 a las 03:51 PM
Junto, con El Vaso de Leche,Trapito Sucio, El Ruiseñor y la Rosa, crecí con ellos y jamás podré olvidar las imagenes que quedaron en mi retina.
No se enoje Sensei, que el mundo y su rodar, trae respuestas, recibirán lo que han sembrado ni más ni menos.
Gracias Benedicto
Junio 20, 2007 a las 11:18 pm |
Agradecido de los comentarios de Carlos y Shyvy
Enviado por Benedicto el 20/06/2007 a las 06:53 PM
Carlos, el cuento que mencionas lo conozco y me parece que aquí hay una versión digital de él. Es estremecedor, pero literariamente inverosímil. En cuanto a Shyvy, te encuentro razón y aún habría que agregar otros muchos, en lo personal, no he podido olvidar a Coquimbo, el perro del regimiento, ese héroe olvidado del cuento; tampoco olvido a los caballos de Adiós a Ruibarbo y Lucero. En otro tono, Inamible es de lo más entretenido que hay.
Agradecido de ambos comentarios,
prof. Benedicto González Vargas
Junio 26, 2007 a las 8:42 pm |
Quiero dar las gracias a la profesora . Maria ines Soto .ya que gracias a ella lehimos el cuento el Padre ojala todos los niños pudieran leer el cuento .de ante mano muchas gracias
Junio 26, 2007 a las 8:45 pm |
Gracias por darnos la oportunidad de leer este hemoso cuento
Junio 27, 2007 a las 6:44 pm |
Yo también quiero dar las gracias a María Inés y, por supuesto, a Mónica, por visitar esta página y usarla como recurso didáctico.
Es un honor.
Benedicto
Julio 6, 2007 a las 12:53 am |
ese cuento siempre me ha dado pena. Es tan ingrato el hijo! Lamentablemente es una cosa igualmente contidiana…la ingratitud.
Agosto 11, 2007 a las 5:01 am |
[...] El Padre (Olegario Lazo) [...]
Agosto 12, 2007 a las 3:14 am |
Excelente cuento! De manera sencilla muestra la forma en que algunos hijos se olvidan de sus padres cuando han alcanzado una mejor posiciòn. Y tambièn muestra el enorme corazòn del viejo, culpable al fin de cuentas de la forma de ser de su hijo. Recuerda a Papà Goriot, de Balzac.
Saludos.
Anacarsis Klooth
Noviembre 28, 2007 a las 5:30 pm |
Muy bueno el cuento, tambien un nombre adecuado seria la ingratitud, ademas suelen ocurrir muchos casos como este hoy en dia.
Saludos.
Carlos Zirotti
Diciembre 18, 2007 a las 12:02 am |
Tienes razón. este cuento es un ejemplo de ingratitud. A veces los seres humanos nos comportamos así.
Benedicto
Marzo 5, 2008 a las 6:39 pm |
La primeras vez que lo lei , me dio mucha pena. Es un ejempl claro de la ingratitud que presentamos muchas veces los hijos frente a nuestros padres.
Marzo 11, 2008 a las 1:52 am |
Lofejo:
En eso tienes razón. Es uno de los grandes aciertos de Olegario Lazo al reflejar lo más pobre de la naturaleza humana.
Benedicto
Marzo 12, 2008 a las 12:34 am |
Bueno primero que todo, Gracias profesor Benedicto por este gran blog que esta
realmente buenisimo…
Buscando analisis de este cuento llegue aki y ya guarde esa pagina en mis favoritos
Al terminar de leer este cuento quede meditando la fea manera en la que se comporto Manuel Zapata( hijo del viejito) y lo triste que se sintio el viejito al sentir que su hijo fue un ingrato, que le dio todo para llegar a ser lo que es y que le pago de la peor forma que un hijo le puede pagar a su padre. la ingratitud.
pensar que hay muxos casos como estos; la verdad duele pensar que esto pase en la vida real..
creo que deverian hacer leer al mundo entero un cuento asi..
Realmente creo que de algo puede servir.. a mas de uno le llegara y puede que haga hablandar mas de un corazon.
bueno adios Profesor Benedicto. *_*
Marzo 20, 2008 a las 12:26 am |
kakajkajak Sta Bknn la lectura aci abal mxo el respetoo a los padres
pss amii solo me dirj leerlo akjkaja
Julio 29, 2008 a las 9:17 pm |
xp
Septiembre 26, 2008 a las 12:54 am |
Estimado Profesor:
Felicitaciones por su blog.
Quisiera me pudiera indicar el nombre del cuento, a que hace referencia en su mensaje del 20/07/207, el cual se incluye.
Gracias !!!!
Claudio
prof. Benedicto González Vargas Dice:
Junio 20, 2007 a las 11:18 pm
Agradecido de los comentarios de Carlos y Shyvy
Enviado por Benedicto el 20/06/2007 a las 06:53 PM
Carlos, el cuento que mencionas lo conozco y me parece que aquí hay una versión digital de él. Es estremecedor, pero literariamente inverosímil. En cuanto a Shyvy, te encuentro razón y aún habría que agregar otros muchos, en lo personal, no he podido olvidar a Coquimbo, el perro del regimiento, ese héroe olvidado del cuento; tampoco olvido a los caballos de Adiós a Ruibarbo y Lucero. En otro tono, Inamible es de lo más entretenido que hay.
Agradecido de ambos comentarios,
prof. Benedicto González Vargas
Carlos Duarte Dice:
Junio 20, 2007 a las 11:16 pm
Algunos
Enviado por Carlos Duarte el 17/06/2007 a las 03:14 PM
Algunos cuentos me han impresionado de fondo, éste que citas es uno de ellos. Otro (cuyo autor no recuerdo) se refiere a una niñita de 5 añitos que jugando le rayó la puerta del auto nuevo al papá. El padre, encolerizado, le pegó con tanta saña en las manitos que tuvieron que amputárselas. Después, con sus muñoncitos vendados, la niñita le pedía llorando a su padre “Papito, ya aprendí la lección. Nunca más tocaré tu auto. Devuélveme las manitos, por favor”.
Octubre 21, 2008 a las 9:21 pm |
es uno de los mejores libros de la literatura
genial
Octubre 21, 2008 a las 9:48 pm |
Patricio,
Verdaderamente es una historia muy buena. Gracias por tu comentario
Benedicto
Abril 3, 2009 a las 5:46 pm |
Este cuento es algo real de la vida y conforme mas vivimos nos damos cuenta de la realidad de la vida.
Mas y mas gente es ingrata y que rapido se olvidan de lo que uno ha echo por ello.
Pero como dice El Padre Felipe Santos Campana:
La ingratitud es lo que más te duele. Te esfuerzas por hacer el bien, por hacer favores a quien te los pide y a quien no te los pide también.
Y sin embargo, ¡qué poca gente es agradecida! Ya le pasaba lo mismo a Jesús. Curó a diez leprosos y solamente volvió uno a darle las gracias. Uno solo.
Abril 22, 2009 a las 1:35 am |
Hace muchos años leí este cuento.Me impresionó mucho. Días atrás lo recordaron en la radio Festival de Viña del Mar, por lo que lo busqué y leí nuevamente.
Es una historia muy triste y como la realidad supera la fantasía. Debe haber existido casos parecidos.
También recuerdo el cuento a que hace referencia el señor Duarte. Me gustaría saber cuál es el nombre y el autor, si es posible.
Gracias
Mayo 4, 2009 a las 3:10 am |
Gracias, Nora, por detenerte a leer y comentar. En efecto, este es un gran cuento, extraordinario, que refeja fielmente la naturaleza humana.
El otro cuento al que alude Carlos, puedes encontrarlo en http://www.foropoemas.es/index.php?action=printpage;topic=19449.0
Saludos,
Benedicto
Junio 25, 2009 a las 1:46 am |
yo li el libro me parecio de lo mejor
espero k mxos jovenes mas lo lean
por esta muy bueno
saludos y quiero darle las gracias a olegario lazo por escribir historias tan reales o porlomenos eso parece
xaooo
Julio 6, 2009 a las 3:06 am |
Gracias, Kristhel, por tus palabras. Concuerdo contigo en que es un cuento muy interesante.
Benedicto