La Historia de los Libros

abril 25, 2006

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Hace muchos años leí un pequeño y hermoso libro publicado por Editorial Calomino en Argentina, cuyo autor es el investigador ruso M. Ilin, llamado Historia de los Libros, en él, de manera amena y con simpáticas ilustraciones de N. Lapchin, se enseña la historia de este vehículo cultural de la humanidad. El primer capítulo, llamado “El libro vivo”, se inicia con la inquietante pregunta ¿Cómo era el primer libro? y luego de variados ejemplos, entretenidas historias y mucha información, al lector no le quedaban dudas de que el primer libro fue un hombre que transmitía oralmente las tradiciones de su cultura (como aún hoy lo hacen algunos pueblos).
Los siguientes capítulos muestran otros tipos de libros, incluso aparecen los “kipus” incaicos bajo el nombre de “cartas ayudamemoria”. Desfilan por sus amarillentas páginas de rústica las imágenes rupestres, los jeroglíficos, los libros de arcilla cocida con escritura cuneiforme, los ideogramas chinos, los libros en papiro, las tablillas romanas enceradas, los escritos en piedra, los pergaminos medievales y la victoria del papel sobre los otros soportes. Cada tema tiene entrenidos cuentos y cada historia es presentada en un lenguaje sencillo, formal y elegante a la vez. Una delicia. Si no fuera porque lleva varios años desaparecido del comercio, no dejaría de dárselos a leer a mis alumnos.
Creo que su publicación es del año 30 ó 40 (no tengo ese dato) y por ello no aparecen los libros discos, los libros en cassette, los libros en CD o los libros virtuales en internet.
Porque más allá de que los soportes han ido cambiando, el libro ha permanecido fiel. El espíritu que movió a escribir a los antiguos súmeros la historia de Gilgamesh en sus ladrillos cocidos, es el mismo que anima a lo editores de libros virtuales. Ese espíritu no es otro que compartir un conocimiento, una verdad, aunque sea relativa, una experiencia, una emoción, con otros seres humanos para que la aprecien y aprendan de ella.
Hoy es el Día Internacional del Libro y la Lectura, en un día como hoy murieron William Shakespeare, Miguel de Cervantes y Garcilaso Inca de la Vega, tres monumentos de la literatura universal. En un día como hoy los niños en los colegios se disfrazan de personajes de cuentos y los escritores visitan alguna sala de clases para compartir sus versos.
Atina Chile es como un gran libro abierto y es el centro de las inquietudes de compartir que tenemos muchos, por lo tanto, honestamente, siento que también somos parte de este día.
Porque el libro y la lectura son esenciales para abrir espacios, porque cada página se convierte en una suerte de sinapsis para nuestra cultura, quiero dejar aquí un saludo a todos aquellos que aman los libros, a todos nuestros atinados, para que hoy al celebrar este día entrañable, en vez de tomar una copa, tomemos un libro y en vez de beber un buen vino, bebamos buenos versos, mejores pensamientos y bellas ideas.
Mal que mal, decir libro es como conjugar el verbo liberar en primera persona.

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Mis absurdas clases de poesía

prof. Benedicto González Vargas
publicado originalmente en mi blog de Atinachile el 23 de abril de 2006.


Sobre humanismo, Neurociencias y Budismo

abril 19, 2006

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En un par de oportunidades anteriores me he referido al diálogo que ha emprendido Tenzyn Gyatso, XIV Dalai Lama, representante máximo del budismo tibetano con las neurociencias. Este intercambio, que ha dado como fruto máximo el que el líder budista haya participado con singular éxito con una ponencia en la Conferencia Anual de Neurociencias de los Estados Unidos, permite detenerse y reconocer que la rica clasificación de estados mentales y técnicas contemplativas que el budismo ha ido desarrollando en su milenaria experiencia puede ser de gran aporte a las ciencias en aspectos concernientes a la mente humana, tales como la cognición, las emociones y la capacidad de transformación del cerebro.

Por ejemplo, una conversación abierta y respetuosa entre psicólogos, neurocientíficos y budistas sobre la naturaleza y rol de las emociones positivas y negativas, la atención, la imaginación y la plasticidad del cerebro, no puede redundar más que en mutuo provecho.
Desde muy antiguo el budismo ha argumentado sobre el natural y tremendo potencial de transformación de la mente humana, para ello ha desarrollado muchísimas técnicas contemplativas y meditativas que apuntan a dos objetivos meridianamente claros: el cultivo de la compasión y la comprensión profunda de la realidad (compasión y sabiduría).
No debemos olvidar, por otra parte, que las neurociencias han alcanzado un entendimiento clave de los mecanismos cerebrales asociados tanto a la atención como a la emoción, lo que en la tradición budista se encuentra como un entrenamiento mental destinado a refinar la atención y transformar las emociones.
Un diálogo abierto y respetuoso podría, en palabras del propio Dalai Lama, llevar a “la posibilidad de estudiar el impacto de la actividad mental intencionada sobre los circuitos del cerebro que han sido identificados como críticos para procesos mentales específicos”. Lo que podría llevar a la ciencia a adquirir nuevos métodos para intervenir en favor de los individuos y a la práctica budista una validación externa de dichos métodos.
No obstante las enormes posibilidades ya descritas deben tener como norte el beneficio humano, pero como límite una clara ética, no de orden religioso, porque no corresponde y podría ser regresiva, sino de orden secular, donde el conocimiento y su uso, unido al poder del desarrollo tecnológico que provoque, se ejerzan desde la perspectiva de la tolerancia, el cuidado, la responsabilidad (personal y social) y la compasión, principios que trascienden el estrecho límite de una religión para insertarse plenamente en una concepción humanista, abierta, laica y tolerante.


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Del budismo a las neurociencias

prof. Benedicto González Vargas
publicado originalmente en mi blog de Atinachile


Del Budismo a las Neurociencias

abril 8, 2006

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Tenzyn Gyatso, el XIV Dalai Lama, próximo a visitar nuestro país, ha dicho que su interés por las ciencias se inició hace muchos años, cuando era un niño en el Tíbet (país otrora independiente invadido y destruido inmisericordemente por China, sin que ningún país interviniera, hasta hoy, en defensa de aquella nación). En la actualidad, se declara un entusiasta seguidor de las neurociencias y no pierde ocasión para estar al tanto de los avances que el entendimiento científico va alcanzando respecto de la forma cómo funcionan los organismos biológicos, especialmente el cerebro y el cuerpo humanos.
En una publicación reciente señala que no sólo ha buscado “aprehender ideas científicas específicas, sino que he intentado explorar las amplias implicaciones de los nuevos avances en el conocimiento humano y el poder originado por la tecnología mediante las ciencias. Las áreas específicas que he explorado con mayor dedicación a lo largo de los años, son la física subatómica, la cosmología, la biología y la psicología”
Es interesante comprender cómo una autoridad religiosa de la talla moral del Dalai Lama y con la influencia creciente que adquiere en el mundo, sobre todo después de obtener el Premio Nobel, no se refugia en los dogmas y creencias propias de su religión, sino que busca, investiga, compara y obtiene de ello consecuencias prácticas, porque, según sus propias palabras, el budismo que es una religión altamente contemplativa, es también eminentemente práctica, llena de ejercicios y actividades específicas. Desde ese punto de vista comparte con la ciencia una metodología empírica que, aunque nacida de intenciones diversas, se unifican en la importancia de reconocer las complejas interrelaciones que provocan en las cosas las relaciones de causa-efecto y el rol de la investigación. En efecto, para el budismo tibetano verdadero (no el de superchería y última moda), las fuentes del conocimiento son, en orden de importancia: la experiencia, la razón y sólo en tercer lugar, el testimonio ajeno. Debido a ello y con gran consecuencia, S.S. ha dicho: “…a menudo he enfatizado a los budistas como yo que las conclusiones empíricamente verificadas de la cosmología y astronomía modernas, deben impulsarnos a modificar, o incluso en algunos casos a rechazar, muchos aspectos de la cosmología tradicional tal como aparece en los textos budistas”.
Si consideramos que el principal interés del budismo es la búsqueda por evitar el sufrimiento humano, la orientación primordial de toda investigación budista es la comprensión de los procesos que se desencadenan en la mente humana y que afectan a la vida de las personas provocándoles dolor y sufrimiento. El supuesto que subyace, por lo tanto en la investigación budista de la mente humana es que “obteniendo mayores conocimientos acerca de la psiquis, podríamos encontrar formas de transformar nuestros pensamientos, emociones y sus propensiones subyacentes de forma que pudiera ser encontrada una forma más sana y satisfactoria de comportamiento”.
Por todo lo anterior, no es de extrañar que un intercambio de conocimientos y técnicas entre el budismo y las neurociencias, cada uno respetando al otro, puede ser de gran impacto y beneficio para la humanidad y su salud física y mental. Seguramente por ello la Sociedad de Neurociencias de los Estados Unidos, entidad de gran reputación científica, lo invitó a su conferencia anual el pasado 12 de noviembre, causando gran revuelo entre sus miembros menos tolerantes.
Su exitosa presentación, la solidez de sus argumentos la humildad de su postura (en que se reconoce deudor de notables científicos como Carl von Wenzsacker, David Bohm, Robert Livingstone y nuestro inolvidable Francisco Varela), lo hacen ser un personaje más que calificado para hablar del diálogo entre ciencia y religión de manera creíble, exitosa y práctica.
En su próxima visita a Chile esperamos que pueda tratar estos temas y que la prensa le dé cabida, más allá de los rituales vistosos, las modas new age, los reclamos de la Embajada de China y otras tonterías de similar jaez.
Espero, además, hacerme tiempo para compartir algo más sobre este interesante asunto.

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publicado originalmente en mi blog de Atinachile


Juan Antonio Massone, un poeta imperdible

abril 4, 2006

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Ha llegado hasta mis manos un pequeño librito, un opúsculo casi, de uno de los más talentosos y vigentes poetas chilenos, el profesor y miembro de la Academia Chilena de la Lengua, don Juan Antonio Massone del Campo. Tuve la fortuna, hace un par de lustros, de ser su alumno en algunas cátedras de literatura de la Universidad Católica Cardenal Raúl Silva Henríquez de Santiago de Chile y allí pude conocer un poco más de acerca de este poeta nacido exactamente en la mitad del siglo XX (junio de 1950), y del que conocía bastante más que su nombre cuando tuve la oportunidad de asistir a sus clases.

El recuerdo de aquellas clases es, tal vez, la motivación permanente que he tenido en mi vida docente para enseñar poesía. Tiempo atrás publiqué en esta misma revista un artículo llamado “Mis absurdas clases de poesía”, experiencia real de mi hacer pedagógico con la palabra hecha verso, experiencia reiterada a través de mi carrera que hunde sus raíces en las clases de Massone, porque en ellas me hizo sentido la poesía en el aula y porque en ellas fui cavilando el cómo enseñarla cuando me tocara a mí estar frente a mis alumnos.
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