La Amortajada, de María Luisa Bombal

septiembre 28, 2004

Estimados lectores, acá dejo la versión digital de La Amortajada, de la escritora chilena María Luisa Bombal

Otros libros en versión digital:

La Metamorfosis, de Franz Kafka

Eva Luna, de Isabel Allende

Hijo de Ladrón, de Manuel Rojas

Eloy, de Carlos Droguett

El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez

Frankenstein, de Mary Shelley

El Lazarillo de Tormes, Anónimo

Inés del alma mía, de Isabel Allende

Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar, de Luis Sepúlveda

La  Noticia, de Benedicto González Vargas

Alhué, de José Santos González Vera


La Metamorfosis, de Franz Kafka

septiembre 28, 2004

En este enlace podrán encontrar la versión digital de este extraordinario libro de Franz Kafka.

Otros libros en versión digital:

Eva Luna, de Isabel Allende

Hijo de Ladrón, de Manuel Rojas

Eloy, de Carlos Droguett

El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez

Frankenstein, de Mary Shelley

 

 

 


Boquitas Pintadas, de Manuel Puig

septiembre 28, 2004

Aquí dejo una copia digital de la novela Boquitas Pintadas, de Manuel Puig. Para leerla, pinche aquí

 Otros libros en versión digital:

Las zapatillas del abuelo, de Joy Watson 

En el camino, de Jack Kerouac

El niño con el pijama de rayas, de John Boyne

La novela terrígena, de Mario Verdugo

Rebelión en la granja, de George Orwell

El Conquistador, de Federico Andahazi

Watomika, de Franz Wieser 

Diario, de Ana Frank

La amortajada, de María Luisa Bombal

La Metamorfosis, de Franz Kafka

Eva Luna, de Isabel Allende

Hijo de Ladrón, de Manuel Rojas

Eloy, de Carlos Droguett

El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez

Frankenstein, de Mary Shelley

El Lazarillo de Tormes, Anónimo

Inés del alma mía, de Isabel Allende

Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar, de Luis Sepúlveda

La  Noticia, de Benedicto González Vargas

Alhué, de José Santos González Vera


Duro como las rocas

septiembre 19, 2004


“Nací en Licantén, maravilloso de entonces y de hoy, a orillas del Mataquito, el 22 de marzo de 1894, y nací a caballo; se me inscribió en el Registro Civil con fecha 20 de octubre de 1894; soy hijo de José Ignacio Díaz y de Laura Loyola de Díaz, dos enamorados antes de casarse y después de haberse casado, a la manera romántica de antaño.

“Empecé a leer con mi padre en El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha, en el Romancero español y en el Mío Cid que la leyenda familiar, equivocada de seguro, nos asignaba como a uno de nuestros antepasados, y cuyos grandiosos textos me deletreaban el hombre fuerte, dulce y paternal que fue mi padre”.

Así se presenta nuestro Premio Nacional de Literatura 1965, Pablo de Rokha, en un autorretrato escrito para un matutino de la capital hace ya casi 40 años.

Contradictorio, polémico, blasfemo, anárquico, dramático, volcánico, con estos adjetivos se lo sigue calificando aún hoy. Sostuvo una guerrilla sin tregua contra cualquiera que desafiara sus convicciones. Enemigo declarado de Neruda, ni el ser compañeros de partido los acercó, protagonizando ambos en las páginas de la prensa capitalina una de las más encarnizadas y sabrosas polémicas que se tenga memoria. Huidobro también supo de sus iras y Anguita y Volodia y los jurados del Premio Nacional —antes de que lo premiaran a él, claro está— y la Sociedad de Escritores de Chile (SECH), a la que opuso su Sindicato de Escritores de Chile, que fundó y presidió.

De Rokha escribía poemas plenos de fuego y pasión, desconcertantes, grandilocuentes:

“Yo soy como el fracaso total del mundo ¡oh, pueblos!
El canto, frente a frente al mismo Satanás
dialoga con la ciencia tremenda de los muertos
y mi dolor chorrea de sangre la ciudad”.

Su gran amor fue Luisa Anabalón Anderson, rebautizada como Winnett de Rokha, poeta como él. Con ella concibió hijos y libros:

“Vinieron los hijos y los libros, saliendo de la misma materia ensangrentada (…). De 9 sobrevivieron 7 hijos, y ella escribió luchando, cantando o llorando (…) Formas del sueño, Cantoral, Oniromancia y yo, unos más o menos 40″.

Todos los hijos de Rokha heredaron la vena artística, aunque nítidamente destacan Lukó, que es una notable pintora y Carlos, quien fuera un promisorio poeta joven, trágica y tempranamente desaparecido.

¿Qué arcano misterioso regía la vida de este gran Pablo? ¿Por qué se ensañó con él un destino tan cruel, trágico e ineludible?

Fue pobre, recorrió a pie, en tren o en carreta casi todo el territorio nacional para vender puerta a puerta sus libros, obras que autoeditaba con esfuerzo y cuyas primeras ediciones, a decir de los entendidos, son casi inexistentes en nuestras bibliotecas. Es más fácil hallarlas en una estación ferroviaria de algún olvidado ramal del sur o entre los viejos libros de algún viejo médico de pueblo. También vendía pinturas, originales y copias de artistas nacionales. Alguna vez vendió frutos del país:

“Ingresé a la cofradía aventurera, tragediosa y dolorosa del vendedor viajero”.

Escribió revistas inolvidables: Dínamo (Talca, 1926) y la combativa Multitud (Santiago, 1939), amén de dirigir y colaborar en otras de gran importancia.

Pese a una vida tan intensa, el dolor lo persiguió siempre y es así como el oscuro presagio de la muerte aparece en su poesía:

“Entre serpientes verdes y verbenas
mi corazón de león domesticado,
tiene un rumor lacustre de colmenas
y un ladrillo de océano quemado
ceñido de fantasmas y cadenas
soy religión podrida y rey tronchado
o un castillo feudal cuyas almenas
alzan su nombre como un pan dorado.
Torres de sangre en campos de batalla,
olor a sol heroico y a metralla,
a espada de nación despavorida,
se escuchan en mi ser lleno de muertos
y heridos de cenizas desiertos
en donde un gran poeta se suicida”.

De su bibliografía abundante cabe destacar: Versos de infancia (1916), Los gemidos (1922), Satanás (1927), Suramérica (1927), Jesucristo (1930), Idioma del mundo (1958), Mundo a mundo (1965) y Mis grandes poemas (póstumo, 1969).

Nadie podía doblegar a este roble inmenso, que parecía duro como las rocas, pero murió Winnett y se suicidó su hijo Carlos. El dolor y la soledad lo abismaron:

“Comprendo que moriré bramando
amarillo y horroroso de soledad”.

El 10 de septiembre de 1968, con la misma arma que usó su hijo, Carlos Díaz Loyola, al suicidarse, acabó con la vida del poeta Pablo de Rokha, pilar insustituible de la poesía nacional.


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