La Reina del Valle del Elqui

julio 21, 2004

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“Todas íbamos a ser reinas / de cuatro reinos sobre el mar; / Rosalía con Efigenia / y Lucila con Soledad. / (…) / Lo decíamos embriagadas, / y lo tuvimos por verdad, / que seríamos todas reinas / y llegaríamos al mar”.

Estos hermosos versos, por todos conocidos, no fueron, sin embargo, totalmente verdad, porque ni Rosalía, ni Efigenia, ni Soledad llegaron a ser reinas; sólo una lo fue, Lucila, que cruzó cien veces el mar.

Lucila Godoy Alcayaga, la inmortal Gabriela Mistral, nació en el Valle de Elqui, norte de Chile, el 6 de abril de 1889, hija de Jerónimo Godoy y Petronila Alcayaga. Vivió una infancia difícil, llena de estrecheces y falta de cuidados: “entre los gestos del mundo / recibí el que dan las puertas”.

Su inclinación por la pedagogía y su amor a los niños la hacen ocupar en 1907 un puesto de profesora en la pequeña escuela rural La Cantera. En 1910 rinde exitosamente en la Escuela Normal de Santiago el examen que la acredita como profesora, iniciando un largo peregrinaje que la llevó a trabajar en las ciudades de Traiguén (1911), Antofagasta (1912), Los Andes (1912), Punta Arenas (1918), Temuco (1920) y Santiago (1921).

Su genio poético vino a revelarse en 1914, en los Juegos Florales de Santiago, con los inolvidables y ya legendarios Sonetos de la muerte, que fueron aclamados como de aquel concurso. No obstante fue otra voz la que leyó al público la obra, entre los asistentes corrió el rumor de que su autora, una joven y humilde maestra rural, no tenía la ropa adecuada para concurrir a tan importante cita.

En 1922 la ya famosa maestra y poetisa es invitada a México para asesorar la reforma educacional que el gobierno mexicano deseaba emprender. Nunca antes los ambientes escolares del país del norte se remecieron tanto. Gabriela recorrió cada pueblo y villorrio, se imprimieron más de cincuenta mil obras de autores clásicos, se crearon más de tres mil escuelas rurales y cuatro mil quinientas bibliotecas. Al partir, luego de dos años de arduo trabajo, dejó una obra monumental y un recuerdo imborrable.

En 1923 aparece en Nueva York su libro Desolación, y dicta, además, una conferencia en la Universidad de Columbia.

Luego, viaja a Francia y España, donde es recibida con grandes homenajes. Vuelve a Chile en 1925, pero sólo se queda un año, pues la Liga de las Naciones (antecesora de Naciones Unidas) le ofrece una representación cultural, pero ella sigue viajando: Puerto Rico, Dominicana, Cuba, Panamá, Honduras, El Salvador, Costa Rica y nuevamente Estados Unidos.

En 1932 el Gobierno de Chile la nombra cónsul en Génova, pero no asume por no compartir el pensamiento político de Mussolini. Entonces, se hace cargo del consulado chileno en Madrid (1933), luego irá a Lisboa (1935), Oporto (1936), Guatemala (1937), Niza (1938), Niteroi (1940) y Petrópolis (1945). Ese mismo año alcanza el Premio Nobel de Literatura, recibiendo en Estocolmo, de manos del rey Gustavo Adolfo V de Suecia, la medalla que simbolizaba su cetro universal. Después, en 1948, vuelve a México para hacerse cargo del consulado en Veracruz y en 1950 viaja a Italia para asumir en Nápoles.

Chile, en tanto, aún le debía el reconocimiento máximo, éste llegó en 1951, cuando fue galardonada con el Premio Nacional de Literatura, vuelve a Chile y lo recorre emocionada en medio de emotivos homenajes.

En su largo peregrinaje por el mundo escribió Lecturas para mujeres (1923), Ternura (1924), Tala (1938), Lagar (1954) y Recados contando a Chile (1957), entre otras obras.

Gabriela Mistral, la Reina del Valle de Elqui, la que cruzó el mar cientos de veces, la que recibió el cetro de la poesía universal de manos de un auténtico rey, falleció en Nueva York el 10 de enero de 1957. Sus restos descansan hoy en Montegrande, en su amado Valle de Elqui.


Poeta del amor y del paisaje

julio 17, 2004

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“Alma mía, pobre alma mía, / tan solitaria en tu dolor: / enferma estás de poesía, / alma mía llena de amor/ (…) / vé, alma mía, pobre alma mía, / vé y empéñate en comprender / que el amor es melancolía / y es amargura la mujer”. Estos hermosos y tristes versos fueron escritos por otro de nuestros notables poetas olvidados: Manuel Magallanes Moure, quien nació en La Serena el 8 de noviembre de 1878 y de cuya pluma nacieron varios libros de poesía, cuento y teatro, entre los cuales podríamos destacar Facetas (poesía, 1902); Matices (poesía, 1904); La jornada (poesía, 1910); Lluvia de primavera (teatro, 1912); Qué es amor (cuentos, 1916) y La casa junto al mar (poesía, 1919); fue además integrante del trascendente y selecto grupo literario “Los Diez”, que tanta importancia tuvo en el desarrollo de las letras nacionales.

El paisaje siempre está presente en su obra, ya sea como telón de fondo de un hecho amoroso (“¿Recuerdas, amada mía? / ¿Recuerdas esa mañana / cuando juntos recorrimos / la alameda solitaria? / con el rumor de las hojas / que el viento arremolinaba, / dulcemente confundíanse / tus amorosas palabras”) o bien como motivo central del poema (“Por el camino interminable / la pesada carreta fue alejándose… / Sobre los campos de maduro trigo / flameaba el sol alegremente, y era / como fiesta de luz el áureo brillo / de las fecundas sementeras. / lejos, / gemían tristemente los chirridos / de la carreta en marcha…”).

Pero, indudablemente, sus versos más logrados son los de amor: “Me sabes tuyo, te recuerdo mía. / Somos el hombre y la mujer. / Conscientes de ser nuestros nos miramos / en el sereno atardecer. / Son del color del agua tus pupilas / del color del agua del mar. / Desnuda, en ella se sumerge mi alma, / con ser de amor y eternidad”.

Entre las muchas inquietudes de Magallanes Moure podemos mencionar la pintura, ya que fue crítico de arte y pintor aficionado. Fue también periodista y político, llegando a ser regidor y alcalde de San Bernardo; de ese período como edil vale la pena recordar su constante apoyo a la cultura, no fue casualidad que Augusto D’Halmar y Fernando Santiván fundaran su “Colonia Tolstoyana” precisamente en San Bernardo y en aquellos años.

La crítica literaria reconoce en Manuel Magallanes a un poeta de alto valor artístico cuya producción es de nivel parejo, ya que no decayó a lo largo de su obra, pero como nuestra poesía tiene altísmas cumbres, a juicio de muchos, Magallanes Moure no alcanzó los sitiales más altos, no obstante ser pieza imprescindible en la historia de la poesía chilena.

Nosotros, en estas páginas, hemos querido recordar a este gran poeta olvidado —otro más— y lo hacemos con lo más destacado, sus versos: “A la caída del sol, / en la playa inmensa y sola / tu alma se entregó a mi alma / tu boca se dio a mi boca”.

Para terminar, volvamos a esa “Alma mía” inicial: “Esta mujer es como aquella / todas son fuente de dolor. / Alma mía, la vida es bella / pero es más bella sin amor. / Y mi alma dijo: En mi embeleso / oí tu voz como un cantar. / ¿Sabes? Soñaba con un beso / robado a la orilla de la mar”. Manuel Magallanes Moure fallece en su amada ciudad de San Bernardo, a pocos kilómetros al sur de Santiago, en 1924; tenía sólo 46 años.


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